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El anti-ídolo. Ensayo y crítica sobre los ídolos contemporáneos.

Creado: 31/1/2012 | Modificado: 20/3/2014 1712 visitas | Ver todas Añadir comentario



 

Los ídolos son perfectos

El famoso, prestigioso y comprometido periodista Iñaki Gabilondo afirmaba con tono sincero y rotundo en un programa televisivo sobre algunos de los integrantes de la selección nacional tales como Iniesta o Casillas que “eran perfectos”, que “constituyen uno de esos rarísimos casos donde la realidad ha superado ampliamente a la ficción”. Casi me da un síncope.

No es la primera vez que escucho esta aseveración. Mucho antes ya se oía por boca de muchos: “son guapos, ricos, triunfadores, ¡lo tienen todo!, ¡son perfectos!”. Sin embargo esas palabras eran pronunciadas por gente de a pie, personas corrientes, sin grandes ambiciones, pocas veces la escuché de personalidades de una posición cultural e intelectual privilegiada y que hubiera entrado en contacto de manera directa e indirecta con asuntos serios de ámbito económico, social o político. Como he repetido hasta la extenuación, el tsunami pelotero sigue asolando hasta las islas más bien resguardadas por los fenómenos surgidos de mecánica del caos, esa ciencia sin remordimientos que obra sin orden ni concierto.

Aparte de las connotaciones elitistas de las frases en cuestión, aderezos como de la exclamación histórica de Iniesta defendiéndose de la persecución periodística: “¡Si lo sé no lo marco!” en referencia al gol en la final mundialista. ¡Para troncharse! O el espectacular beso de Casillas a la Carbonero en un momento de éxtasis límbico, les elevaron más todavía por encima del resto de humildes mortales, los Ewoks, el Pato Lucas, Frodo, Spock, las muñecas de Famosa o la inolvidable Caponata.

Aparte del derecho a obtener todo el botín señalado anteriormente, también se les cataloga sin rubor como “perfectos”.

Calificar de perfecto a un deportista de élite por muy campeón que sea me parece un atropello a la dignidad de múltiples otras profesiones. ¿No era suficiente con los millones de líneas impresas agasajándoles como líderes de epopeya? ¿Todavía era necesario añadir un nuevo peldaño más esa escala elevadísima de cortesía, para alejarlos, para acotarlos en una burbuja inaccesible, para evangelizarlos como profetas, para empequeñecer en suma todos los demás? Deben de haber asumido por vía auditiva, rectal o intravenosa todos los calificativos positivos existentes, expresados además en decenas de lenguas diferentes, ya sea castellano, germánico, gaélico, japónico o urdu. Pero me reitero, ¿perfecto era necesario? Perfecto, insuperable, sin defectos, inigualable. ¿Era necesario? La respuesta es, que no sólo era necesario sino de nuevo insuficiente. Son más que perfectos ya que como bien reseñaba este reputado periodista la “realidad supera a la ficción”. En breve necesitaremos nuevos neologismos para poder describir la magnificencia de de estos sacerdotes de lo risible. Hemos agotado los epítetos.

Sucinta contraréplica.

Heptálogo anti-perfección del ídolo mundano.

Primero, nadie es perfecto pues la perfección no existe. Y compruebo que la definición de perfección en este mundo tiene tintes muy “sui géneris”. Deberíamos reflexionar más seriamente acerca de las cualidades necesarias de que debe atesorar un individuo para merecer tal desmesurada lisonja. En realidad, el aplauso y la repercusión de los éxitos de un tipo "perfecto" de esta índole sólo perpetuará
el estado intelectual amniótico de esta sociedad plagada de luces de neón y de individuos con tan pocas luces en el “melón” (valga la expresión y el pareado molón).

Segundo. No sólo estos dechados de perfección no aportan solución a nuestros problemas, sino que en general permiten que la balanza de valores y preferencias humanas se desnivele todavía más por el lado del espectáculo, de los juegos, del entretenimiento. Todavía más si cabe. Ese  grave desequilibro provoca graves carencias en otros ámbitos de la sociedad más necesitados de atención y afecto.

Tercero. Si se sostiene como admisible que los ingredientes de esa realidad superan a la ficción (o infinito imaginable) es que nuestra lucidez para construir una realidad (o sociedad) más evolucionada es exigua, triste y desafortunada. Hemos perdido los papeles, la decencia, la perspectiva y además la humanidad. Y, recalcitrantes, seguimos avanzando en la misma dirección: la de desprendernos gradualmente lo poco que sabemos de nosotros mismos y de nuestra historia evolutiva. Luego vienen los lloros y las pataletas tras el advenimiento de las crisis mundiales cuando no los enfrentamientos bélicos.

Cuarto. Si esa opinión se demuestra como veraz y trasciende en el orbe ya poco se podrá hacer. Los recursos para alimentar y desarrollar estos proyectos de supermanes y supermujeres se bombearán desde otras fuentes, que acabarán secas, agonizantes, y en suma, pidiendo auxilio. Además, sin reglas establecidas en cuanto a desarrollo de cualidades morales o humanas, éstas detentadas por tales sujetos resultarán azarosas y arbitrarias. Así por tanto se regirá y constituirá el mundo: arbitrariamente. Al final ya no quedará nada salvo juegos y espectáculos circenses, para que los hombres y las mujeres expriman sus físicos como si fueran mandarinas con el objetivo de saltar a las arenas de los circos romanos y presentar sus señales de identidad. El que provea de mayor jolgorio a la plebe morbosa se consumará como Gran Vencedor. Agasajado, su estirpe en forma de estatuas, imágenes y mausoleos poblarán la tierra y los cielos. El mundo pertenecerá al jugador, al actor, al empresario, independientemente de su buena o mala fe pues la única fe, la verdadera, se habrá transmutado en pleitesía al proveedor de entretenimiento sea gratis o por un módico precio de 19.99 euros al mes, iva y letra pequeña y engañosa no incluida.

Quinto. Leer un libro, pensar, razonar con mayúsculas cada día tendrá menos sentido, cada día seremos menos los adeptos. Arrinconados. Apestados. Individuos con redes neuronales sobresalientes se verán imposibilitados de establecer nuevas sinapsis con otros individuos del mismo calado. Hoy esos maravillosos ejercicios del espíritu se tratan como libros usados de mercadillo barato: se manosean, se les echa un vistazo y acaban rehusándose por aburridos o inútiles. Hoy valen poco, mañana no valdrán nada. Y la globalización no ayuda: en todas partes cuecen (o cocerán) habas. Monstruoso.

Sexto. Aceptémoslo sin reparos: la Razón y el Amor han sido destituidos de manera definitiva para dar paso a los razonamientos-tornillo y los corazones-lenteja. Los primeros sólo son útiles para reparar deformidades del sistema capitalista, el segundo es el órgano que habita en los individuos que habitan en sus confines o aledaños. Demasiado pequeño es su cerebro o su corazón como para asumir verdades o sentimientos de mayores dimensiones. Colapsarían.

Séptimo. La medida de considerar a este tipo de especialistas como paradigma de perfección y elevarlo como patrón indiscutible se atenta de manera frontal a la esperanza de millones de personas que deberán aceptar el hecho de que no importa nada de lo que hagan que siempre se les tendrá en menor consideración que ellos; así su personalidad rebose de títulos universitarios, así como médicos hayan salvado o reparado cientos de vidas, así arriesguen su vida por causas menos populistas, así adquieran una tonelada de cultura y la repartan en pequeñas dosis en múltiples conferencias, así... cualquier cosa. No importa. Jamás podrán alcanzar tamaña altura, tamaña reputación, tamaña perfección. Una auténtica pena (mas bien, una puñetera desgracia) que una multitud compuesta de cientos de millones de personas no reciba el estímulo necesario para progresar en otros frentes que no se relacionen con su didáctica de especialista. Desde este ensayo, trato de mostrar que nadie es perfecto, nadie merece ser idolatrado, y que nosotros con certeza somos mejores que nuestros ídolos en múltiples aspectos y que deberíamos echar un ojo a nuestro alrededor para comprobar la belleza que nos rodea y no derrochar tanta atención en estas luminarias cegadoras.

Resumiendo, no sólo les hemos elevado a los cielos por el mero hecho de dominar una pelota (extiéndase a otros modelos de ídolo), si no que los convertimos en iconos, referentes. No sólo eso, ahora por parte de un reconocido periodista (aunque en realidad lo utilizo como excusa porque ya mucho antes la gente certificaba una opinión similar), hemos extendido sus cualidades más allá del límite de la perfección (o infinito posible). Parece que el acervo de halagos no era suficiente, había que transgredir todo límite. No, no era suficiente. En este momento no se me ocurre otra cosa que recuperar la famosa frase de Einstein: "La estupidez humana es infinita".

Retomando el argumento de la primera sección de este ensayo, una adecuada alimentación o instrucción para el cuerpo, para la mente y para el alma, no se basa únicamente en proveerse de un solo alimento, por ejemplo de atiborrarse de naranjas día tras día. Un nutricionista no calificaría tal teoría como "perfecta" si no un sinsentido propuesto por un chalado desconocedor del básico funcionamiento del organismo humano y sus necesidades esenciales. Tal disparatada propuesta sólo puede acarrear dolencias y efectos secundarios devastadores a medio y largo plazo. Abran su mente, preparen su paladar para degustar otras recetas culinarias, el menú es simplemente inabarcable. Estos ídolos no sólo no son perfectos sino que deberían ser derribados de sus pedestales y relegados a un rincón secundario para que otros ideales e ideólogos de mayor enjundia adquieran mayor relevancia y unos puestos de privilegio en las altas esferas de la sociedad. Nuestro futuro, el de nuestra especie, está en juego y yo no le entregaría la llave de la ciudad a un simple pelotero, aunque fuera calificado el mejor deportista de la historia de la humanidad.

Si de un ídolo perfecto (teóricamente) sólo pueden emanar efluvios positivos, teniendo en cuenta su influjo abrumador sobre los seres humanos corriente, entonces ¿de dónde provienen las injusticias, la guerras, las rencillas, las desigualdades sociales, la pobreza, la falta de solidaridad y un montón de otros desastres? ¿Y si los ídolos más que perfectos fueran copartícipes de aquellas fuerzas que propagan y generan todos esas plagas mundiales? ¿Entonces esa supuesta  perfección no se relacionaría más con la cobardía, la indolencia, la ignorancia o la exaltación de un mero pasatiempo antes que con la creencia en la bondad, la defensa justicia y el seguimiento y perfección de los valores humanos más esenciales? ¿Más que dechados de perfección no habría que catalogarlos mas bien como cósmicas anomalías o degradarlos al nivel de tipos intrascendentes?

Debemos derrocar a estos dechados de perfección e inaugurar una nueva era.  Necesitamos otro tipo de ser humano como referente, alguien que no necesariamente sea el mejor en nada pero que estimule al resto de no-héroes a demostrarles que podemos lograr hazañas más loables que las suyas. Nosotros también fuimos afortunados  los no-bendecidos con la suerte divina de albegar un solo gran talento. Pero todavía no lo sabemos.
 
¡La mayor victoria son los dioses derribados!
Esto lo dijo un tipo normal cuando advirtió que sus dioses no sólo no representaban ideales de grandeza. Con sus nuevos anteojos, los que proporciona la cultura del enfrentamiento pudo contemplarlas desde una nueva perspectiva: no eran más que seres humanos humanos con tan o más defectos que los demás.





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