El anti-ídolo. Ensayo y crítica sobre los ídolos contemporáneos.

Creado: 31/1/2012 | Modificado: 5/4/2014 1540 visitas | Ver todas Añadir comentario



 

Ídolos o grandes personas. Los ídolos atraen a todo tipo de individuos.

Otra cuestión a debatir es: ¿por qué estos prestidigitadores de lo etéreo acumulan tal ingente número de seguidores?

En primer lugar, es muy fácil entender el sistema de reglas que conforman las actividades que practican los deportistas, tanto como sentirse emocionalmente afectado al escuchar conmovedores baladas de Rihanna, o el sonido vibrante de potentes guitarras eléctricas como la de Slash, música de baile pegadiza como la de esta controvertida artista que está un poco “gagá”, voces singulares como la del tenor José Carreras, o emocionarse como films históricos y románticos como “Titánic” o “Lo que el viento se llevó” (o eso dicen porque a mí me parece un poco tostón la verdad).
 
Tampoco es necesario presentar un doctorado en neurocirugía, ser versado en investigación genética o físico centrado en la teoría de cuerdas para partirse “la caja” al escuchar las ocurrencias de un humorista o monologuista. Ni disponer de gran agudeza intelectual (si exceptuamos quizás a los que practican el humor más sutil o profundo), ni mucho menos albergar escrúpulos o tener buen corazón. No, a fuer de sincero, para asimilar las reglas del fútbol no requeriremos una semana de silencioso recogimiento en un claustro para abordar la tarea de desentrañar sus secretos.(1)

(1)
Incluso hoy en día algunas mujeres sabrían explicar con detalle cuándo exactamente se produce un fuera de juego. Aparcar coches, programar el vídeo y explicar un fuera de juego hoy también es cosa propia de mujeres. Sí, lo afirmo con rotundidad. Y no me río ni nada. Bueno un poco sí, pero poco. Vaya, vengo en un momento que suena el pitido de la lavadora. Me toca tender la ropa como buen amo de casa.

Sigamos. En segundo lugar, la ética de su comportamiento atrae tanto a las mejores como a las peores personas, tanto a estratos sociales elevados como deprimidos. Atraen por consiguiente tanto a tipos honrados como ladrones, pacíficos o violentos, extremistas o mezquinos; pobres o ricos, altos, medianos o de baja estatura, incultos o psiquiatras de renombre; blancos, negros y amarillos, mafiosos, delincuentes, tipos honrados, o políticos. ¿Qué indica esto? La respuesta es simple: no existen, en efecto, ningún tipo de “barrera” ética, intelectual o psicológica para poder acercarse o pertenecer al grupo de seguidores de un símbolo de estas características.

No acaba ahí la argumentación, el gusto por contemplar los actos de este arquetipo de personas no produce, en general, un proceso de transformación de ningún tipo en sus seguidores. Al menos, no induce (hablo en general) un tipo de metamorfosis ya sea “espiritual” o  intelectual. Y si lo hace es por un lapso muy corto de tiempo. Resumiendo, a todo ser humano de cualquier condición se les permite adherirse al club mientras disponga del dinero suficiente para pagar la tarifa correspondiente. Todos son bienvenidos. La conclusión es un tanto extraña y controvertida precisamente porque a muchos de ellos se les suele tildar de "grandes personas". ¿No observan incongruencias en el resultado del razonamiento? Yo sí, o ellos no son ni por asomo tan "buenas personas" o sus influencias como tales no crean escuela.

En realidad, los ídolos deben la mayor parte de su fama a la gente común, pero dentro de este gran conjunto de individuos también se incluye un porcentaje de baja ralea. Y estos devotos, catalogados como de dudosa reputación, también comparten esa afición y por tanto colaboran con gusto en pregonar y exportar esa verdad pseudo-religiosa allá por donde asoma su exaltado ego. Porque recuerden que al final, como ya comentamos en secciones anteriores, un hooligan o aficionado radical aún con su comportamiento reprobable y su predilección por el insulto y el ultraje sigue aportando su granito de arena en forma de presencia en los campos o dejando su dinero y su tiempo para alentar a su equipo.

Resumiendo, el flujo de dinero que desemboca en el bolsillo de cada uno de estos señores multi-receptores de halagos y la industria a la que representan y defienden proviene de todo tipo de fuentes, tanto de aguas saludables como de aguas turbulentas o fuertemente emponzoñadas.

Después de la lectura este ensayo, cualquier lector comprenderá que todo aquel icono que defienda una serie de principios o valores no ligados a la industria del espectáculo (cuyo seguimiento no tiene como objetivo en absoluto la generación de "grandes personas") no sólo no arremolinará a su alrededor a más seguidores si no que en general el efecto producido será el opuesto. Defender principios de envergadura implicaría reclamar unas exigencias éticas y una batalla interior a los seguidores, pocos de los cuales estarían dispuestos a sufrir ese proceso de transformación, por tanto su número se vería reducido en proporción al calibre de los requisitos solicitados.

Con los ídolos del espectáculo la tarea se vuelve menos compleja y laboriosa. En efecto, su ídolo no va a demandarle "idioteces" tales como que se enfrente a la injusticia o que reflexione cinco minutos al día sobre cualquier tema de actualidad más allá de la victoria del equipo de sus amores mas bien que le preste atención y, a poder ser, desembolse un buen dinero por contemplar sus andanzas (o por adquirir los artículos que promociona). Es lógico pues, que no prevaleciendo tales obligaciones, los seguidores  no entenderán esa afición como un camino de "perfección" si no como un camino de "diversión". Y, en cualquier caso, aunque se afanen en imitarles y trabajen con denuedo por llegar a su altura, la generación reiterada de sustitutos con las mismas características, como ya hemos demostrado en otras secciones, no generarán mayor prosperidad en la sociedad, mas bien un incremento de la fluctuación económica que repercutirá en la industria que defiende y le patrocina. En efecto, es más que discutible que de profesiones como cantantes, deportistas, humoristas, actores, etc. surjan los personajes más ilustres y dignos de ser enarbolar la banderola de paradigmas más dotados nuestra especie, el homo sapiens. Profesar una devoción por una disciplina y dedicar su vida a ella no implica que uno se vuelve mejor persona, sí en multitud de ocasiones ocurre que el individuo en cuestión se vuelve más estúpido y caprichoso y desdeña la "molestia" de crecer como ser humano más allá del gusto por ejercer su profesión. Ya se le considera un triunfador, un "gran hombre (mujer)", no encuentro motivos por los cuales debería de empeñarse en desarrollar otras virtudes.

Vemos un halo de luz en esta controvertida argumentación, la excepción en forma de persona inteligente, cultivado, cercano al individuo-masa, bien integrado en la sociedad,  cuyas palabras sean asequibles a la comprensión y su elaborado discurso incluya el amor por la condición humana, fomente la igualdad y la concordia entre naciones, y en general, suscite una controversia constructiva que genere grandes expectativas y la esperanza de un mundo mejor, ese hombre o mujer se impondrá con un fulgor superior a toda la retahíla de "fenómenos" excretados por la industria del entretenimiento. La aparición de ese portento de la naturaleza, de ese "trébol de cinco hojas" sólo ocurre una vez (quizás) cada varios decenios.

En otras palabras, estos llamativos amuletos son para lo que son y sirven para lo que sirven. Es decir los ídolos deben constituir un mero recreo, una distracción transitoria. “Pa” pasar el rato. No se ofendan si les digo que deberían usarlos como los kleenex. Son muñecos de usar y tirar. Los ves un rato, te diviertes, y luego te dedicas a cosas más trascendentes. “¡Venga macho, entretenme o te desenchufo!" "¡Entretenme a mí que para eso te pagan... los demás!”. “Ídolos-kleenex” suena bien(2). ¿Aceptará patrocinarme esta “mocosa” marca? Me callo, que igual me demandan.

Fíjense en lo que les voy a decir ahora:
¿Qué pasaría si escogiéramos al azar a buenos, que no excepcionales, jugadores de fútbol procedentes de equipos de segunda o tercera división, y los pusiéramos a disputar partidos defendiendo la elástica de escuadras de nivel de Champions League? Pues que acabaríamos degradando el nivel de esas elitistas escuadras con total seguridad. Pero no sólo degradaríamos el nivel de los elementos implicados, toda la competición se desvirtuaría. El método de elección de un jugador para un equipo de nivel profesional debe ser metódico y exhaustivo, no obrar de este manera tan minuciosa provocaría que el grado de competitividad se viera alterado de forma notable.

Imaginen por un momento a Xavi ocupando la posición de defensa central y a Albiol, este chico valenciano de pueblo pequeño, presto a rematar a puerta, cual Hugo Sánchez, cualquier rechace en su nueva demarcación de delantero centro. A menos que se trate de una pachanga donde no se apuesten más que quien paga la cena en el asador de turno, si esas fueran las decisiones del entrenador de turno durante un partido de liga, este acabaría enterrado bajo las críticas más feroces. ¡Y eso contando que en este caso los jugadores cambiados de posición también cuentan con un currículum futbolístico sobresaliente! ¡Que no has alineado al utillero! Apuesto a que habría miles de seguidores rechistando y amonestando al perpetrador de tal delito; las radios y las televisiones echarían humo comentando semejante desaguisado. Se abriría un "debate nacional"(3) . Y es que cualquier ligereza en la interpretación de estas reglas puede poner a un entrenador en la picota. En efecto, podría “morir” avasallado por el cúmulo de reproches de parte de sus seguidores. Toda estrategia debe basarse en unos parámetros complejos y minuciosamente ensayados. El fútbol (extiéndase a otros ámbitos) con su carácter universal y elemento aglutinador de multitudes es un asunto tan esencial como para que un entrenador con un salario millonario se permita el lujo de presentar experimentos no validados anteriormente. ¡Intolerable! Como decía "Don Eugenio" (3): "Los experimentos con gaseosa!

(3)
Ejemplo: ¿cómo es más efectivo el juego de "La Roja" en ataque, con o sin delantero centro? ¡Menudo debate se produjo en la última Eurocopa!

Alinea a un jugador mediocre, o no físicamente preparado, en un equipo de alta competición y se reducirán tus posibilidades de victoria, alinea a varios y tu equipo se irá a la división inferior con total seguridad. Alinea a medio equipo y quizás desciendas al pozo de la categoría regional. Ahora encima, sitúales en posiciones inusuales para ellos, si además careces de esquema de juego o mentalidad competitiva no le disputas un partido ni a los juveniles de mi pueblo, que, por cierto, son bastante buenos.

Del mismo modo, emplea como arquitecto a un licenciado en derecho, o a un jardinero con un excelente curriculum de fotógrafo o a un periodista melenudo y gafotas con estudios de ingeniero en informática, vas a ver qué hermosos te quedan los edificios y estructuras urbanas, qué bellos los jardines y que sugestivas y convincentes las columnas de opinión en tu periódico.


Demos una nueva vuelta de tuerca y ahora lean con atención el siguiente párrafo porque es de extrema importancia:

¿Qué pasaría si por extensión catalogáramos de Grandes o Buenas Personas a aquellas que no lo son tanto, sino mas bien tipos normales, de segunda o tercera fila? ¿Y si se nos ocurriera apuntarlos como “referentes”, los alineáramos en el "equipo titular" y los pusiéramos a “jugar” para que todos contemplaran sus acciones, imitaran sus peripecias y reprodujeran su estilo de vida? Recuerden que el mayor orador es el triunfo y que además, el ser humano aprende y desarrolla habilidades imitando a los demás. Es un imitador por naturaleza. Lo que ocurriría es evidente y nada agradable: “Este desastre de mundo.”


Mundo que no es, por mucho que lo hayan leído de boca de algún optimista, el mejor de los mundos posibles sino un engendro que parece perpetrado por una troupe de programadores becarios pertenecientes a la empresa de Software Microsoft(5).
 

¿Y esto por qué ocurre? Es obvio, utilizando el ejemplo del fútbol de alto nivel, podemos afirmar que la mayoría de aficionados (que se cuentan por millones) no tolerará frivolidades en la interpretación de las reglas de juego, no permitirá que no se alinee a los jugadores mejor preparados. Si así resulta, actuarán denunciando al perpetrador de tales fechorías, como si les fuera la vida en ello. Esto incluye a la mayoría de medios de comunicación, cientos de periodistas incluidos.

El fútbol (extiéndase a otras ramas de la industria del entretenimiento) no es un asunto baladí, sino una cuestión de estado, o lo que es lo mismo, constituye un asunto tan serio como para ser tratado con ligereza. Incluso nuestro presidente del gobierno acataría tal definición. En efecto, el señor Mariano Rajoy en uno de los días más importantes de la historia de la nación, el día del supuesto rescate económico de España,  se encontraba, todo ufano él, en Ucrania contemplando las peripecias de nuestros héroes futboleros.

Sin embargo, los individuos del primer párrafo no considerarán inadmisible que cualquier mindundi o personaje medio idiota se pasee generando influencias allá donde vaya. Así posea una deontología moral discutible o una ideología neutra (carece de principios) o reprobable, si genera espectáculo, risas o esperanza (aun fraudulentas) será, no solo perdonado, sino, en ocasiones, catapultado hasta la cima y enriquecido hasta la locura. Recuerden que alguno de esos individuos fácilmente puede ejercer la profesión de futbolista, en la cual, como todos sabemos, la única condición indispensable para llegar a la cima no se necesita ninguna cualidad humana destacable, ni ningún tipo de estudios, únicamente ser ser ducho en el arte de manejar una esfera de caucho o material similar.

Corolario: ensalzamos hasta el infinito cualidades caprichosas del individuo, enriquecemos y entregamos poder a cualquier patán y otras virtudes más loables simplemente nos la traen floja. Nos importa todo un carajo. La factura de estas decisiones, no lo duden, es y será astronómica. Y nadie, por supuesto, quiere hacerse cargo de pagar su parte. No queremos calentarse la cabeza, creemos que tales asuntos son ajenos a nosotros. Para más inri, pregunten a la mayoría de ciudadanos: más del 90% apuesto a que considera una buena persona. Perdónenme, ¿pero no observan incongruencias en esta argumentación? ¡Hay algo que falla!

Sin embargo fíjense que para temas baladíes como el fútbol si si
algún periodista le espetara al entrenador de un equipo reconocido "Bah, tío, no pienses tanto que te saldrá humo del cerebro, pon a un jugador u otro en cualquier posición, ¡si son todos muy buenos, qué más da!", le echarían de una patada o le enviarían a un centro psiquiátrico por "ser tan burro de no entender cosas tan simples".

Igual si un aficionado soltara de sopetón la misma frase, le mirarían como si estuviera "medio" zumbado. Con algunos temas no se puede ni bromear. En efecto, cientos de millones de personas no dudarán en "calentarse la cabeza" durante horas y horas, durante días y días acerca de cuestiones relacionadas con juegos, espectáculos y acerca de las andanzas de sus profilácticos protagonistas. Por otra parte, apenas cuatro excepciones se dedicarán a debatir seriamente sobre asuntos relativos a temas científicos, o aquellos donde el sufrimiento, la desigualdad y la injusticia se torna protagonista. No les interesan esos asuntos.  Obviamente, el vertido resultante de ese millonario acervo de actitudes es la sociedad en la que vivimos, muy divertida, plagada de "lucecitas y letreritos monos" y  tecnológicamente  espectacular, pero en cuanto a valores humanos seguimos viviendo en una miserable chabola que se cae a pedazos. En cuanto al conocimiento de nuestra propia naturaleza nos mostramos como unos absolutos incompetentes. Es lo que tiene ocuparse y preocuparse del exterior, de "fruslerías" y relegar la belleza interior a una mera comparsa.


Creo sinceramente que no deberíamos permitir que los demás limpiaran los residuos que nosotros vamos dejando. Y la ignorancia de tales asuntos no les eximirá de la responsabilidad de pagar sus cuentas pendientes. La ignorancia, la falta de tiempo, ya no debe ser una excusa válida. Todos, sin excepción, tenemos la culpa de los desastres de este mundo. Y ya va siendo hora que aparquemos las pretextos y nos pongamos manos a la obra, ¡que para el siglo XXI yo creo que ya va siendo hora!

Defendiendo tales premisas y argumentos, ¿qué esperaban? Tenemos los que nos merecemos. Es necesario un cambio de mentalidad.

Recuerden la frase: "No hay auténtico progreso si no se funda sobre un sólido sistema de valores morales"


Y es que, con todos los recursos e información disponibles a un solo click (léase Internet), con toda la documentación adquirida a base de estudiar a nuestros antecesores durante miles de años, con toda la serie de avances tecnológicos y hallazgos científicos obtenidos en las últimas décadas, que tratemos de hacer funcionar la maquinaria humana a pleno rendimiento sin leer más que unos pocos capítulos del complejo manual de instrucciones, que obremos de manera tan aleatoria presionando botones y palancas sin orden ni concierto sin saber qué efectos secundarios se derivan de nuestras decisiones es para que, de una vez por todas, pararnos y decir: ¡Ya está bien! ¡Necesitamos una sociedad 2.0! ¡Y con código abierto para que todos puedan aportar sus ideas! ¿Dónde se encuentran los expertos programadores para tal fin? ¡No los he encontrado en infojobs!

¿A alguien le sorprende? Hemos encumbrado a un montón de tipos  que no saben más que hacer una cosa bien, y aparte de eso ni la O con un canuto (salvo quizás el difunto Bob Marley). Y nos ha importado un pimiento si ellos representaban el mejor modelo de ser humano o un atentado a los principios fundamentales inherentes a nuestra íntima naturaleza. Les hemos reído las gracias, aplaudido hasta sangrar, les hemos perdonado los defectos por graves que fueran, hemos acallado con dureza a los voces disidentes que nos alertaban de tales incongruencias, hemos rehuido reflexionar, eludido nuestras responsabilidades, creído en poderes fácticos amanerados y condicionados y ... para qué seguir. Nos hemos comportado de modo absolutamente infantil, y por supuesto hemos creído a pies juntillas todas las idioteces que nos han inculcado sin antes exponerlas al colador de la razón crítica.

Siembra vientos y recogerás tempestades.

Y lo peor no es que nos creamos que son grandes, no, lo peor es no presentar oposición a esa promoción de propaganda de todo-a-100, de esas falacias de baratillo que se difunden por todo el orbe, por todos los medios posibles y a todas horas sin descanso, así no haya posibilidad ni por parte de alguna medianía pensante de presentar una réplica. ¡Es que ni siquiera tenemos tiempo para detenernos un momento a reflexionar! ¡Y aunque lo tuviéramos, tampoco fuimos adiestrados para manejarnos en esas lides! Además, ¿de qué armas disponemos para defendernos o para contraatacar? ¡El Quo, el Muy Interesante o los magazines dominicales no es material sficiente!

¿Qué esperábamos? ¿Que las sociedades se autogobernaran como engendrados por un ente sobrenatural? ¿Que los problemas se disolvieran tras una mágica intervención divina? ¡No me hagan reír! ¡Dejémonos de creencias basadas en cuentos de hadas! Una cosa está clara, y no hay que ser muy avezado para darse cuenta: no habrá cambios sustanciales en nuestra sociedad mientras la cultura general consista en atiborrarnos de los mismos tópicos, estereotipos e incoherencias. Mucho menos mientras aquellas "referencias mundiales" se comporten como meros autómatas programados, bailando al son que marca un pedazo de cuero o se empecinan en seducirnos enseñándonos el tanga. ¡Ay si la adoración a la belleza exterior o golpear una pelota fuera la respuesta a nuestros problemas! ¡En ese caso este sin duda sería el mundo perfecto!

Y si se producen cambios sustanciales en la forma de pensar, también habrá un cambio de reinado en el firmamento donde gravitan estos ídolos cotidianos. No lo duden. 

Ahora, en esta época de crisis, seguro que florecerán nuevos genios economistas en aras de engendrar un nueva teoría regeneradora (léase una nueva conjetura económica) que palie los efectos perpetrados por la anterior. Pero no hay tu tía, la Economía, que se precia de ser la ciencia más idónea para regir el destino de nuestra sociedad, presenta tantas soluciones al presente como genera incógnitas futuras. La Economía no sólo genera las vacunas contra las enfermedades que ella misma causa sino que, a veces sus trastornos son más devastadores que eficientes sus tratamientos. No señores, la Economía, la ascensión del capitalismo o el virus globalizador ha repercutido de manera positiva en muchos sentidos, nos ha abierto los ojos a miles de nuevas posibilidades, eso es evidente, pero a cambio nos ha robado el corazón, nos ha emponzoñado el alma, despojándonos de cualquier atisbo de humanidad y nos ha convertido en alegres y felices prisioneros de sus reglas.

Y, dentro de este patético e imperfecto sistema, millones de personas seguirán dándose de bruces con la idea más extendida de que la felicidad la otorga el dinero y la acumulación de objetos. Millones de esos individuos, por castigo, morirán pobres, infelices habiendo consumado una existencia tremendamente superficial. Quizás en una próxima vida aprendan la lección. Pero lo dudo, el hombre es el único animal capaz de tropezar no dos, si no dos mil veces en la misma piedra. Y lo seguirá haciendo, ¿por qué? Porque no se conoce a sí mismo. Ni ganas de intentarlo.


La maquinilla.

Le he pasado a mi maquinilla (o miniordenador) rasgos y características de personalidad de algunos de nuestros personajes favoritos (dibujos animados aparte) en forma de parámetros, he insertado niveles de influencia sobre las vidas y el carácter de millones de individuos y he añadido otros indicadores convenientes. El objetivo de la maquinilla es que analice nuestra sociedad en base a la datos insertados y nos devuelva sus objetivas previsiones de futuro.

Después de un tiempo de proceso, una vez finalizado el proceso, el trasto en cuestión extrañamente se puso a cantar el Aserejé soltando berridos ininteligibles por las ranuras del micrófono. Segundos después se puso sobre sus dos patitas y comenzó a bailar graciosamente la Macarena. “Uy que monada”, exclamé yo divertido y atónito a la vez. Acto seguido,  de manera inverosímil se agenciaba un terrón de azúcar, jugueteaba con él regateándose dos galletas que casualmente se encontraban colocadas sobre la mesa para acabar pateándolo al otro lado de la habitación cual aprendiz de Ronaldinho. Finalizadas las curiosas exhibiciones (que parecían simular de algún modo la condición humana actual) el trasto en cuestión emitió una especie de eructo electrónico que dio paso a un silencio sospechoso. Su pantalla se volvió de un negro alarmante, para finalmente escucharse una especie de chasquido acongojante. Parece, según he podido comprobar, que se le chamuscó la memoria interna. No sé si es que necesitaba más gigas para plasmar en la pantalla LCD una respuesta coherente o en realidad se trata de una funesta premonición. Cruzo los dedos. Los de los pies también. Mm, gññ, vaya, no puedo.

Notas:

(2) Hablando de kleenex y de ídolos recreativos, no podemos olvidarnos de mencionar las fotos de chicas guapas, esas que aparecen mostrando sus encantos en las revistas masculinas. Bueno ejem en publicaciones masculinas, femeninas, las de moda, las de motos, las de coches o incluso en las de negocios. Sí, en la revista Emprendedores últimamente me encuentro páginas publicitarias con contenidos eróticos de mensajes a móviles. Están por todos lados. ¡Oh dios, estoy rodeado! ¡Pesadas, dejadme un rato en paz, que tengo mejores cosas que veros el culo! ¡Con mil millones de páginas pornográficas es más que suficiente! ¡Joder, que hay más trabajos! Por cierto, como venía diciendo, la utilidad que tienen estas magníficas impresiones a todo color todos los varones la conocemos, desde ya muy jovencitos. Y si no lo sabe usted, es que es un niño, es monja, tiene Alzheimer o pertenece a un séquito religioso. ¿Y qué tiene que ver todo esto con los pañuelos de papel? ¡A mí que me cuenta!

(4) ¿Que quién será ese misterioso Eugenio? Revise: http://curistoria.blogspot.com/2008/12/los-experimientos-con-gaseosa.html

(5) El código interno del sistema operativo de la empresa americana fundada por Bill Gates, por si no lo saben, está plagado de errores internos de programación. Lo raro es que funcione. Por cierto, iba a escribir un ejército de simios en estado de embriaguez aporreando teclas a lo loco, ebrios después de una orgía sexual, pero he preferido elegir el ejemplo anterior. No sé muy bien por qué. Ambos son igualmente válidos. Como decimos comúnmente los informáticos: “si te aparece un error en pantalla y desconoces la causa, apaga y enciende de nuevo el ordenador”. O sea, ya va siendo hora de resetear el vetusto sistema operativo y aplicarle nuevas mejoras(6). Aplicando el símil, vamos a ver, ¿cómo se apaga el mundo? No veo el “botón rojo”. ¿Andestá? Otra solución corriente y recurrente que utilizamos frecuentemente los informáticos es, ejem, darle dos fuertes palmadas a la caja. Quizás esta última sí es una buena solución. Dos o doscientas palmadas (o mejor patadas bien dadas donde más le “duela”) son los símiles de la crítica constructiva necesaria para actualizar nuestro arcaico hardware y obsoleto software. Demasiadas actualizaciones a la vez tampoco es bueno: igual explota. ¿Se imaginan que por un solo día nos uniéramos todos para dejar de repostar combustible? Alguna empresa petrolífera se arrodillaría y pediría clemencia y comprensión. Pues dos días ni te cuento.

(6) Yo lo tiraba directamente al río y generaba uno nuevo from scratch (desde el principio) como dicen los guiris pero eso implicaría un esfuerzo enorme y ahora como que no me queda mucho tiempo libre. Claro que si me patrocinan con un bocadillo de jamón de Jabugo yo lo intento. Pero igual pido demasiado. En este país
tratar de mantener una conversación de educación y ciencia de alto nivel con alguien es más difícil que aprender swahili coloquial en alguna academia de idiomas.




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