El anti-ídolo. Ensayo y crítica sobre los ídolos contemporáneos.

Creado: 31/1/2012 | Modificado: 25/3/2014 1609 visitas | Ver todas Añadir comentario



 

Héroes por las causas sociales.

Como ya analizamos anteriormente, aquellos que ostentan el cetro del poder mediático pueden tanto lucir sentimientos solidarios como arrojar consciente o inconscientemente parte o la totalidad de sus fortunas por el retrete. Por cierto, como ejemplos válidos de aportaciones millonarias a fundaciones benéficas podemos mencionar al inversor Warren Buffet o la familia Gates. Dicho esto, aun habiendo generosas excepciones, podemos concluir que el respaldo a cuestiones sociales de gravedad es un requisito absolutamente prescindible para convertirse en un ídolo de masas (1)

(1) Y no, salir en cuatro anuncios o hacer dos viajes al año a una aldea africana no cuenta salvo como mera anécdota.

Imagínense que imponemos el mismo nivel de exigencia para figurar como modelo solidario que para ser una figura del tenis. Basándonos en esta premisa, en el primer grupo (solidarios) cada aspirante necesitaría una formación similar a aquella llevada a cabo por alguno del segundo grupo (tenistas). Pongamos unos 15 años de duro y continuado esfuerzo. Pero este imperativo sólo constituiría el primer paso. Para establecer una equivalencia coherente, los 15 años deberían venir acompañados del filtro de una competencia feroz con otros muchos millones de individuos. Semejante criba permitiría reducir el cupo de aguerridos candidatos y otorgar el billete de acceso a la popularidad a aquellos considerados más aptos. O sea 15 años de entrenamientos tampoco le serviría al 99.99% de pretendientes para alcanzar el noble cargo de ídolo solidario. Es decir, que al final, al igual que ocurre con nuestro aspirante a Pete Sampras, sólo un minúsculo porcentaje de los inscritos se beneficiará de tal mención. Con estos requisitos tan exigentes sobre la mesa, ¿se creen que alguno de nuestros amados y bonachones globe-trotters de los escenarios levantaría su musculoso brazo para alistarse como "héroe defensor de causas sociales"? Ni uno ni medio. Me los imagino huyendo despavoridos, sacando espuma por la boca, "noo, yo lo único que quiero es jugar no pasarme el día calentándome la cabeza con problemas y rollos, ¡buaa!", "¡pero, hijo tienes que madurar algún día!", "¡noo!, yo sólo quiero pasarme el día jugando, ¡me niego! ¡no¡ ¡si me obliga, dejaré de respirar y me pondré azul!", "¡pues hale, ya nos encargamos nosotros los adultos. Eso sí, ¿no pretenderás encima cobrar por tu actitud inmadura y cobarde, no?", etc. En fin, corren el riesgo de sufrir un infarto. (2)

(2)
De hecho algunos corren el riesgo de sufrir un infarto sólo por el mero hecho (ejem) de pensar.

En general, y refiriéndonos a famosos, la consideración de tipo cívicamente responsable (léase: solidario) en una sociedad como la que vivimos puede consistir en algo tan simple como viajar con el equipo al estado o provincia adyacente en el mapa geográfico con el fin de echarse un partidito amistoso contra un bando compuesto por colegas. Todo para recaudar fondos. Ah, y no esperen que ninguno de estos señoritos desperdicie un par de días de su acomodada vida preparando y organizando los pormenores de tal evento, ¡por dios no! De hecho, ni conducirán el vehículo que les transporte a tal emplazamiento. Seguro que habrá un chófer contratado a sueldo para llevar a cabo dicha “peligrosa misión”. Mientras tanto, ellos permanecerán tumbados en sus butacas, jugando a la consola o viendo una película (que dudo que sea la "Lista de Schindler"). Su cometido principal se basa hacer acto de presencia y pasarse un rato correteando por el césped o el parqué. Y tampoco es necesario que suden la camiseta o finalice el partido, con cuatro toquecitos de balón y  abrazos a diestro y siniestro ya han cumplido la papeleta más que de sobra. Impresionante demostración de adhesión a una gran causa, sí señor. Si el escenario además incluye niños, minuciosamente adoctrinados,  ya tenemos la instantánea perfecta. El ídolo no sólo es solidario, gran persona y maravilloso si no que también reparte felicidad entre los infantes. ¿Qué más se puede pedir? Oh, claro: ¡que reparta autógrafos!

Aun habiendo más de una excepción que se esmera un poco más en su magnánima labor (y haberlos haylos), ¿ustedes creen que demostrará igual dedicación de la que hizo gala para alcanzar misma jerarquía en la especialidad que le da de comer? La respuesta es obvia: ni en una infinitésima parte. ¿Y cómo se puede dar este escenario tragicómico? La respuesta es obvia: los valores humanos fundamentales dentro de una sociedad regida por el dinero se consideran accesorios (en otras palabras: que no valen un pimiento), de este modo se puede tomar el pelo a todo un planeta, sistema solar o galaxia cercana  proponiendo a estos tipos como ejemplos de solidaridad o bondad. Y a fe que nos lo creemos. Nuestra preparación en este aspecto es defectuosa, parca e insuficiente. Tiende a cero. Y me quedo corto.

Les hemos negado la posibilidad a los verdaderos ídolos solidarios de revelarse como tales (3). A los otros, llamémosles de forma benigna como copias fraudulentas, por pasearse un rato por aquí y por allá se les conceden esos galones.

(3)
De hecho no tenemos ni la más remota idea de si “eso existe”, y si así fuera el caso, desde luego, a nosotros no nos los han presentado. Ni tampoco (por supuestísimo) hemos demostrado coraje para ir a buscarlos. Es obvio: nuestra presunta bondad quedaría en entredicho. Sinceramente ceo que deberíamos deshacernos de muchas de las ideas preconcebidas sobre bondad, amor y libertad que hemos ido adquiriendo en el transcurso de los años.

Ahora, denle la vuelta a la situación y pártanse de risa. Escojan un héroe solidario de los de verdad (4) y permítanle, con esa simpatía y buen humor que les caracteriza, que se vista con la elástica de algún equipo conocido y dispute un par de partidos con el fin de recaudar fondos. Dejen que les abrace o pídanle un autógrafo para lograr una escenificación más realista. No, señora, no hace falta que le tire el sujetador. Después de tal “hazaña”, le regalamos un diploma que reza “Icono mundial del deporte”. Llegado a este punto, en realidad este señor no hace falta que juegue más. La lógica es de perogrullo, ¿para qué prorrogar sus esfuerzos más si ya se le ha otorgado un “título honorífico” que le durará toda la eternidad? A otra cosa mariposa. ¡A por el nombramiento de marqués, y así emular a Del Bosque!

(4)
Me juego esta goma de borrar “Milan” que no es capaz de pronunciar más de un par.

Ahora en serio, ni el espectador más torpe y subnormal consideraría a este pretendiente como tal (5)(6) Antes se mofaría de él por la desfachatez de querer ponerse a la misma altura que a estos monstruos consagrados. ¡Intolerable! Ahora, ese mismo colectivo de individuos, expertos por cierto en repartir justicia, no mostraría ningún reparo en considerar como tal a un futbolista o artista como benefactor de la humanidad sólo con que aparezca en la foto de algún evento de tal calibre. Ridículo pero muy típico en este tipo de sociedades donde reina el slogan del “todo vale para alcanzar la fama” y donde la moral es un complemento opcional que se utiliza en momentos clave para adornar la personalidad del protagonista.

(5)
¿Qué les parecería si yo soltara una frase tal como: "Yo practico el tenis varios días por semana, más o menos igual que Federer, así que me merezco la misma o parecida reputación que él." Me llamarían de loco para arriba. Habría millones de personas soltándome sermones, riéndose en mi cara y tratando de hacerme entrar en razón evitando que no profiriera tales "blasfemias". Ahora, no hay problema en colorear a las estrellas como "grandes personas", "solidarias", "inteligentes", "perfectos", "dioses", etc. sólo por el hecho de haber demostrado una minima humanidad, haber entregado las sobras de su sueldo a alguna ONG o haberse leído dos o tres libros. No habrá críticas al respecto, sino lores y halagos, y la razón es obvia los valores "deportivos" o "artísticos", aparte de que gozan del mimo y la protección de millones de individuos, cotizan infinitamente por encima de valores éticos o morales. De estos, con atesorar una pizca es más que suficiente. Desde luego, nuestra humanidad y cultura al respecto se encuentra bajo mínimos.

(6) A alguno de ellos se le podría proponer como gratificante tarea una redacción de mil palabras que verse sobre la causa social que defiende, ofreciendo alternativas para su resolución.  Al fin y al cabo si se presenta como tipo solidario eso implica lógicamente que conoce aquello que representa, ¿no les parece obvio? ¿Ustedes se imaginan  a un ídolo tenista cuya técnica no le llegue ni para dar un revés liftado?. ¡O que no sea ducho  siquiera para empuñar la raqueta correctamente! ¿Se le podría elevar a "ídolo del tenis"? ¡Qué idiotez! Más que un símbolo sería observado como un farsante, un payaso, un embaucador, un auténtico mamarracho. Por cierto, como ayuda para la labor de redacción mencionada, se le ofrecería una extensa bibliografía para consultar. Luego podría deleitarnos con su "gran obra", leyéndola en voz alta y con gesto preocupado. Para grabarlo en vídeo... y luego emitirla en un programa como "El Hormiguero". La solidaridad, la ética y los valores humanos en el mundo capitalista se pueden representar con la imagen de un retrete. ¿Por qué? Por la simple razón de que nos cagamos y meamos en ellos.

En síntesis, para llegar a ostentar la denominación de ídolo de masas no es requisito indispensable en absoluto hacer gala de ninguna conciencia social o empatía desarrolladas, puedes albergar una mentalidad nociva o simplemente no mostrar más sensibilidad que cualquier individuo del montón. Más parecen solidarios por suerte o por accidente que por sus propias convicciones. Si la solidaridad o la bondad exigiera una preparación o dedicación exclusiva, tal como lo exigen los deportes o profesiones de alto nivel, tengan claro que todos ellos retirarían su candidatura. No les encontrarías ni rastreando las calles de sus ciudades apelando a la tecnología de Google Maps o la del GPS más sofisticado. Y me temo que sí, que los valores humanos que definen a una persona deberían tener un peso específico infinitamente superior a los valores que defienden nuestros queridas leyendas audiovisuales. Pero en esta sociedad, como no podía ser de otro modo, ocurre justo al contrario. Así somos. Así hemos sido (des?)educados. Como decimos los informáticos, es necesario y perentorio "actualizar el software". El actual está más obsoleto que el MS-DOS o Rafaella Carra.






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