El anti-ídolo. Ensayo y crítica sobre los ídolos contemporáneos.

Creado: 31/1/2012 | Modificado: 25/3/2014 1543 visitas | Ver todas Añadir comentario



 

Héroes por repartir felicidad

Este es un argumento peligroso y de controvertida aceptación. Se dice que nuestros héroes merecen sus distinciones y homenajes y también sus sueldos millonarios, porque irradian alegría y optimismo a sus seguidores. Pero como hemos venido relatando en este ensayo, este argumento es muy endeble y presenta un reverso tenebroso (dependiendo, eso sí, del tipo de ídolo al que profesemos admiración). La felicidad se torna en tristeza y abatimiento en múltiples e incontables ocasiones (sin mencionar otras secuelas más escabrosas). Vean si no la sección de efectos nocivos de la cultura del número uno en este mismo ensayo.

Por otra parte, podríamos nombrar fácilmente otros oficios donde este argumento se desmorona: ¿acaso el consumo de drogas, incluyendo el tabaco, aquél irresponsable de alcohol o la consumación de sexo con prostitutas no propicia un estado que varía entre la tranquilidad y el sosiego hasta la euforia más desatada? ¿Acaso por ello se debe ensalzar a sus líderes y cabecillas por colaborar en incrementar la felicidad de sus seguidores?

Ejemplos: ”Conocido narcotraficante que ofrece descuentos en su oferta de drogas duras opta al premio Príncipe de Asturias
El Bar Manolito celebra la borrachera número cincuenta mil de uno de sus clientes”?
"El club de alterne Penélope conmemora su décimo aniversario regalando "polvos" gratuitos a los primeros cien clientes casados"

Podríamos continuar mencionando el tráfico de armas, un negocio siempre boyante que produce grandes "satisfacciones" a cientos de estados en el mundo, incluido el nuestro. Todas estas industrias también desfilan como hermosas cenicientas en las pasarelas de la sociedad dirigida por proxenetas de la gloria.

Resumiendo, los héroes cotidianos aunque aceptamos que sí "reparten felicidad", esta suele difuminarse al poco tiempo. Por si fuera poco, y como adictos a cualquier droga que se precie, el riesgo de optar a esa vaporosa alegría conlleva la contingencia de sufrir congojas del mismo grado. Se podría decir que los ídolos son como las entidades bancarias: nos adjudican préstamos de grandeza por los que nunca dejamos de pagar intereses. Nunca acabamos de liberarnos de su lacerante yugo. Y al final de años de desembolsos de tiempo y dinero no nos queda nada tangible. Nada más que recuerdos (1). Lo peor es la  ignorancia de desconocer que no nos hacen falta préstamos de esa índole para experimentar una vida más satisfactoria y emancipada.

Si la mayoría de ídolos transmitieran una felicidad que no se marchitara al cabo de un corto lapso de tiempo, miles de millones de personas permanecerían en un estado de euforia permanente... de tanto acudir a glorificar sus interpretaciones. Me temo que no es este el caso. El consumo del alcohol, de drogas como el hachís, de antidepresivos como el Prozac o tranquilizantes como el Trankimacin (otro gran ídolo de nuestro tiempo que merecería una sección aparte) son fieles testigos de esta contradicción evidente. Nada indica que, a la larga, su recurrente presencia y nuestra perseverancia en seguirles y aclamarles nos otorgue una mayor autoestima y felicidad. En cualquier caso hablamos de una un bienestar ficticio y transitorio y que además acarrea bastantes efectos secundarios.

 (1) Al menos finiquitado el corto o largo compromiso con los bancos siempre nos queda  algo tangible que se puede disfrutar todos los días: coche, casa, moto, TV, yogurtera, etc.






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