El anti-ídolo. Ensayo y crítica sobre los ídolos contemporáneos.

Creado: 31/1/2012 | Modificado: 24/4/2012 1638 visitas | Ver todas Añadir comentario



 

Crítica a otro de los ídolos de nuestro tiempo: el tabaco.

Notas:
Hasta 1954 no se averiguó que el tabaco era el mayor causante de los cánceres de pulmón. Los artistas de cine han estado frecuentemente ligados a la compañía de un cigarrillo. Casos como Humphrey Bogart, Marlene Dietrich, y en general una gran lista de actores. Recuerde que los famosos, los medios y las empresas no quieren lo mejor para nosotros. Quieren maximizar sus beneficios, y eso puede redundar en nuestro favor o en nuestra contra.

Introducción.

Nota: esta sección debería integrarse como sección aparte dentro de “patrocinios y publicidad de discutible valor ético”. Sin embargo la publicidad del tabaco ha sido prohibida en muchos países del mundo. Aún así la incluiremos con ese título y la desarrollaremos de una forma un tanto “peculiar”.

Aviso: Esta sección puede herir la sensibilidad del lector, especialmente en el caso de fumadores empedernidos. El que avisa no es traidor.

El asunto de los cigarrillos me pone “negro” sólo de pensarlo. Este hábito constituye una auténtica plaga cuya humareda negra se disemina por todo el orbe provocando cánceres y desórdenes orgánicos múltiples. Si sumamos los afectados tomando como referencia los índices globales e históricos llegamos a la conclusión que el efecto cigarrillo es peor que una plaga bíblica o al mismo nivel que la peste negra de épocas remotas. Este hábito indica muy a las claras la absoluta irracionalidad humana y un auténtico desprecio por la salud, a la vez que confirma nuestra identidad masoquista y sumisa. Precisamente por ser un asunto “infumable” es de obligatorio tratamiento. Así que allá vamos y que dios nos pille confesados. Y aunque no lo crean pienso tratarlo con “humor”. Humor negro eso sí que es el único que pega con esta sección.

El meollo de la cuestión

El tabaco es un producto de consumo multitudinario que contiene decenas de componentes potencialmente cancerígenos tales como el amoniaco, arsénico, alquitrán, butano, cianuro, formaldehído, metano, cadmio, monóxido de carbono, alquitrán, benceno, entre otros. Estos componentes, que no son precisamente golosinas de agradables sabores, se encuentran presentes aparte de en los cigarrillos en raticidas, combustibles domésticos, humo de los coches o baterías. Hágase una idea.

El humo del tabaco contiene más de 4.000 sustancias químicas, de las cuales se han identificado más de 50 como agentes cancerígenos y más de 100 como sustancias tóxicas.
El tabaco se bebe nuestras energías, provoca dependencia, y finalmente no duda en empujarnos hacia el otro barrio muchos años antes de lo previsto debido a un cáncer u otros lindos tributos derivados de su consumo.

Amigo entrañable

El tabaco es como un amigo entrañable que nos acompaña en los momentos en que necesitamos sosiego. Pero no es un amigo cualquiera. Es un colega exigente, que a cambio de su compañía, se nutre de una parte de nuestro organismo: nos invade, y nos quema por dentro. Es el precio que solicita por su interesada compañía. Y ese precio, es decir ese trato que pacta con nosotros, es absolutamente inviolable ante Dios, Espinete o los siete enanitos del bosque.

Sabor tropical

Por supuesto (faltaría más) ni siquiera es un producto que tenga un sabor a piña colada, maracuyá, mango o guayaba. Más bien sabe a rayos. Sabe a mierda. Es normal, la mayoría de sus componentes son más nocivos y asquerosos que la propia mierda, así que es comprensible que no tenga buen sabor. ¿Algún candidato le apetece darle un lametón al alquitrán del asfalto? Seguro (?) que no.

La nicotina y régimen de esclavitud

El cigarrillo lleva incorporado un ingrediente estrella, la nicotina, que es la que en realidad maneja el cotarro, y se encarga de engatusar a nuestro cerebro para que creamos que este penoso hábito nos provee de alguna satisfacción. La nicotina es la bruja piruja responsable de nuestra adicción al tabaco. Se ha demostrado en múltiples investigaciones que la nicotina es una sustancia tan adictiva como la cocaína o la heroína. Los síntomas que se sienten entre un cigarrillo y el siguiente (un pequeño "síndrome de abstinencia") causados por las bajadas y subidas del nivel de nicotina, hacen que padezcamos a su vez bajadas y subidas de estrés y ansiedad. Esto quiere decir que la invasora y dictadora nicotina desea hacerse con el control de nuestras emociones. Tampoco permite injerencias externas. Ella manda. Y nosotros le dejamos. Es más le pagamos un sueldo mensual como gerente al cargo de nuestra salud. Se encarga de que todas las sustancias nocivas procedentes del cigarrillo se repartan de manera coherente sobre el riego sanguíneo y así llegue a emponzoñar cuantos más órganos mejor. Ese parece ser su cometido. Y cobra por ello. No trabaja gratis.

De este modo, nuestro organismo nos solicita más y más dosis y nosotros, que acabamos siendo esclavos, la satisfacemos con obediencia y sumisión absoluta. Es más fuerte que nosotros. Nos volvemos, y no exagero en absoluto, auténticos drogadictos. Acabamos relegados a meros sirvientes de un régimen dictatorial que nunca impone descansos. La explicación (quizás) radica en que como la vida es tan fácil y sencilla, debemos organizarnos diariamente en complicárnosla. Así nos volvemos dependientes de una sustancia diminuta que controla en parte nuestro cerebro, chamusca nuestras células y nos resta energía. Todo ventajas. Tampoco verán nunca verán un 2 x 1 en cajetillas de tabaco. No hay ofertas ni favoritismos en el mundo del tabaco. Si el lujo debe pagarse en acorde a su valor, también el lujo de matarse no admite rebajas ni excepciones. Salvo que visiten Andorra.

El Señor Cigarrito nos suele proponer un invisible contrato a largo plazo en el cual nosotros invertimos cientos o miles de euros. Las recompensas de pactar con este Señor tan simpático y sobre todo bondadoso, son múltiples y variadas. Veamos unos ejemplos:

Efectos maravillosos sobre el organismo

Una bandeja surtida con diversos y fascinantes platos en forma de cánceres, como el de pulmón, de laringe o de órganos digestivos y urinarios. ¿Que no tiene el paladar acondicionado para ello? No pasa nada, puede usted optar por una atractiva bronquitis crónica con la guarnición de una tos agónica, enfisema o úlcera péptica. El menú también rebosa de sabrosas arteriosclerosis con sus manifestaciones a nivel coronario, arterial periférico y cerebral. En el mismo menú entran aneurisma de la aorta abdominal, agravamiento de hipertensión, vasoconstricciones, aumento del consumo de oxígeno o agregación plaquetaria. El postre suele consistir en pulmón a la fondue (carbonizado). Riquísimo. Hay quien es tan glotón, tan insaciable que se lo traga todo. Aunque seamos justo, es en realidad Don Cigarro quien se lo traga a él. Millones lo intentan, pero prácticamente nadie ha podido jamás vencerle en una carrera de fondo. Acaba por asfixiarnos.

La diversidad de manjares que nos trae el camarero Cigarrín es suculenta de la muerte. Podría pasarles diapositivas para que se extasíen con sus diferentes texturas y sabores. ¿No se les hace la boca agua...rrás? Pero desafortunadamente en este blog, al menos de momento, las fotos brillan por su ausencia. Es una lástima que se pierdan la oportunidad de degustar toda esa retahíla de atrayentes y golosas imágenes. No importa, si insisten puedo revisar y descargar por Internet en algún banco de imágenes algunas ilustraciones en alta resolución (para que se aprecien mejor los detalles). Seguro que les resultan estimulante y esclarecedoras y les animan a comenzar (si no lo han hecho ya) una relación con Don Cigarrito, que por cierto, es otro de los grandes ídolos de nuestro tiempo.

Símil masoquista

Haciendo un símil imaginativo podemos describir este consumo como ir al banco cercano con un gran fajo de billetes. El director amablemente nos atiende, y tras una corta discusión (nos convencen en un plis-plas) firmamos un contrato para que el señor banquero se quede con todos nuestros fondos. El mismo documento estipula que cada vez que nosotros aparezcamos por las inmediaciones  (que puede ser más o menos diariamente según el contrato firmado) los empleados se comprometen  en darnos una generosa patada en los huevos. Y no pararán hasta que nos dejen sin blanca o nos dejen impotentes (pérdida de salud y dinero, es un símil parecido, no me diga que no; por cierto, se me ocurrían muchas más ironías). Resumiendo, se quedan nuestro dinero y encima nos aplastan los cataplines en un acto de agradecimiento y buena voluntad. Es esta sin duda una propuesta irrechazable a la que no hacemos ascos (palabra que queda estupendamente en este contexto). Cuando abandona las dependencias bancarias, los empleados estallan en una carcajada que se oye en una manzana a la redonda. Pero nosotros satisfechos y entregados a la causa hacemos oídos sordos (sí, el tabaco también afecta a este órgano, nos vuelve sordos para evitar escuchar ciertos comentarios), acudimos todos los días sin falta a recibir nuestra “poción mágica”: patada en los huevos. Sábados y domingos también ¿Por qué? Porque para aprender cosas instructivas hay pocos días hábiles en todo el año, pero para maltratarnos no requerimos ningún día de vacaciones. No nos hace falta.

Nota en clave de “humor negro y fétido”.

El alquitrán destruye los miles de sacos ó alvéolos que el pulmón tiene para extraer el oxígeno del aire. Esta destrucción origina una enfermedad penosa e incurable: El enfisema pulmonar ó Asma del fumador. La persona con enfisema muere ahogada. En EEUU, los científicos en la autopsia han encontrado pulmones completamente negros, cubiertos por esta "brea". Así terminan los pulmones de un fumador.

No es gratuito. Faltaría más.

Como decía, para consumir este pedazo de mierda nauseabunda y maloliente, resulta que encima hay que pagar. No, no es gratis. Nadie nos la va a regalar. No vamos a ser tan “afortunados”. O sea que nuestra honorable misión consistirá en adiestrarnos siguiendo una férrea disciplina con el fin de corrompernos el organismo de forma y manera periódica (cada x horas). Y lógicamente esas insólitas maniobras de soldado aleccionado requiere del desembolso de un dinero. Porque cada cajetilla vale una pasta, de acuerdo que todo va en impuestos, pero los cigarrillos no son baratos, más parecen un bien de lujo como últimamente el consumo de combustible. La razón de este despilfarro del dinero estriba en que somos todos unos tipos potentados y nos sobran los euros. ¿Alguien habló de crísis? ¡Qué va!. Y tampoco tenemos intención de dárselos a los pobres (válgame dios y la virgen) ni tampoco  vamos a desembolsar un duro para regalarnos un libro (no vaya a ser que aprendamos cosas de provecho y la gente nos mire como a bichos raros o como si fuéramos a comérnoslos). Así pues parece claro que ningún obstáculo se interpone para que lo regalemos a las tabacaleras o al estado de la manera más solidaria (o idiota según se mire).

La salud tampoco es una razón defendible, así pues, como la salud y el dinero carecen de la más mínima importancia podemos desprendernos de ellos poco a poco. Seamos sinceros, nos gusta enriquecer y amamantar a Don Cigarrito. Es como nuestro Tamagochi particular. No lo abandonamos nunca, nunca nos olvidamos de él, le cuidamos con esmero y gran cariño día tras día. Criaturas adorables, eso es lo que somos. Podemos olvidar el aniversario de nuestra pareja o sacar a pasear al perro, pero a nuestro animalito interior siempre le hacemos caso. Qué rico es.

El invento perfecto.

Para definir este hábito como el invento perfecto sería que además nos royera el corazón así nos volviera insensibles. Sería la cumbre de la invención humana, un artilugio que se alimentara de nuestro dinero, que recortara nuestras funciones vitales (nuestra salud), dominara nuestro cerebro y desactivara las funciones secundarias (sentimientos) que proceden de nuestro órgano principal. La gloria infinita. Todavía no se ha inventado, creo. Pero no pienso dar ideas a ver si alguien las patenta, que ya me veo millones de personas en guerra para conseguir su porción. Y montones de mafias articulando redes de distribución.

Con la sumisión periódica a este cilindro de muerte conseguimos algo esencial deshacernos de la salud y del dinero, ¿para obtener qué? Nada que no pudiéramos obtener de un modo alternativo y que no resultara perjudicial. Pero parece que si no es perjudicial, si no es peligroso no resulta tan atrayente. ¿Será que el instinto masoquista viene de serie en algunos seres humanos?

Actuando de este modo pasamos a engrosar las arcas de aquellas empresas que tratan de gustosamente matarnos lentamente. Me imagino un tío gordo y canoso frotándose las manos. “Yo les mato y ellos me enriquecen. Además como están enganchando todavía me van a defender a mí, y no por supuesto al que critique el hábito que nosotros proponemos. Seguramente le considerarán un tipo pesado y molesto. Qué maravillosa invención. Es un artículo que se defiende él solito”.

Los fumadores se clasifican en principiantes (unos pocos cigarrillos), consumidores “maduros” (cajetilla al día), avanzados (un par), y los VIP, la crême de la crême que fuman más de 3 paquetes al día. A estos deberían darles algún tipo de premio, carnet especial o descuentos a visitas a minas subterráneas, contenedores de basura, vertederos y lugares similares. Yo tuve un carnet de pequeño de afiliado a una revista: el Don Miki. Lo prefiero.

No contentos con esto, cuando se produce una prohibición nos rebelamos porque queremos tener la libertad de hacernos daño y como efecto secundario (lo queramos o no, seamos conscientes o no) a los demás (hijos, vecinos, cónyuges, mascotas, señora de la limpieza, etc). Es decir no es sólo que nos hagamos daño a nosotros, es también necesario, aunque sea a menor escala hacérselo a los demás.  Por cada adepto que consigamos nos dan diez puntos y un encendedor barato que en costes de producción no vale ni 10 céntimos. El tipo que más puntos suma se le puede considerar como un benefactor de la humanidad. Bueno, de esta humanidad.

Pero no sólo nos rebelamos contra los que nos prohíben también contra quienes nos advierte de su perjudicial consumo


Solidaridad con los demás.


Como a nosotros no nos molesta pensamos a que los demás tampoco les va a perjudicar el aroma de nuestras bocanadas. Es lógico en parte, ¿a quién le puede importar que le tiren a la cara un humo apestoso? Sólo a un tipo demasiado susceptible. “¡No es para tanto!”. ¡Claro que no! ¿Quien no ha chupado alguna vez un cenicero y ha hecho gárgaras con las cenizas depositadas? ¡Venga hombre! ¡Quien se queja es un exagerado! ¡Por favor!
Podríamos manifestarnos a favor de erradicar el hambre en el mundo o un consumo sostenible o alguna idea de tintes similares pero no, preferimos manifestarnos a favor del derecho de jodernos las entrañas. Las primeras propuestas son inaceptables. Propóngaselas a un fumador a ver qué dice. Propóngaselas a un mínimo de dos metros de distancia. Por si acaso.

No queda ahí la cosa, no. Nosotros, que nos consideramos seres adultos y responsables, tanto como para meternos un cigarro en la boca, también obviamente lo somos como para decidir con ese raciocinio tan campechano, esos dientes manchados tan monos, o ese olor a rancia ceniza que nos caracterizan qué es lo mejor para nuestros seres cercanos. Además nos irrita discutir sobre este tema, queremos matarnos, y también (y sin pedirlo por favor, que eso es de mala educación) queremos que nos dejen en paz y disfrutar de ese reconfortante derecho sin interrupciones. Luego aludiremos a la contaminación ambiental o al humo de los coches, al consumo de alcohol excesivo, o a la rebelión en Libia, excusándonos  de que ¡hay problemas más importantes que resolver!
 También cuando advertimos a nuestros hijos de los peligros que corren sonamos la mar de convincentes. “Yo fumo porque soy adulto pero tú no quiero que fumes porque es un vicio muy malo.” Premio Nobel a la persuasión. Deberíamos dar un meeting. “Sí, papá claro, si tú lo dices no fumaré. Te haré caso.”. Aconsejo un discurso alternativo sin palabras: abandone el puto vicio.
Una vez integrado el cilindro de muerte  en nuestro sistema de valores(?!), se nos olvida de que es nocivo incluso cuando nos embarazamos. Así ya antes nacer, le ofrecemos alimento adulterado a nuestro retoño, más que nada para que vaya adaptándose al nuevo sabor sabrosón del mundo que le espera. Con un poco de suerte nazca con la adicción implantada de “serie” o con una malformación congénita. Y es que Don Cigarrito es como Papa Noël un tío generoso que siempre trae regalitos bajo el brazo para todos, padres, hijos, amigos, etc. Es tan travieso y juguetón que la presencia de alguna de sus dádivas sólo las descubres años después...  cuando ya no puedes rechazarla.

Amigos para siempre.

El fumador, después de un período prolongado de someterse a tal hábito llega un momento en que el cáncer convive con ellos como si conviviera con su perro o con algún artilugio mecánico. Ya ni siquiera se da cuenta de qué es un hábito perjudicial e irresponsable. Amiguitos para siempre. Incluso gente fumando en el ascensor me he encontrado. Sin rubor. En un ascensor. Tiene cojones la cosa. O dentro de un coche con niños detrás.

Sí, es parte de uno, se ha integrado como una tenia en su organismo y él la alimenta con gusto. Pero Pagando. Porque hay que pagar. ¿Lo había mencionado? Sí hay que pagar, si fuera gratis y saludable no tendría sentido. Tiene que ser cancerígeno, potencialmente mortal, pero además hay que desembolsar pasta por afiliarse al club de echadores de humo. Tiene usted que ir al estanco sin falta, pagarle al estanquero, si ocurre que el establecimiento está cerrado (no lo quiera la diosa casualidad) o ha llegado usted tarde y por tanto no puede disponer de su dosis, en ese caso el cuerpo le pide que grite, que se ponga nervioso o histérico, que moleste a todo vecino. ¡Su dosis es su dosis!

Una pregunta ingenua se me ocurre: ¿No sería mejor chupar caramelos como método alternativo? Pues no. Qué tontería. Saben bien, no echan humo, no ensucian, no matan. ¡Esta opción no convence a nadie con dos dedos de frente! A ver si hay suerte e inventan unos que produzcan cáncer para que la gente porfíe por adquirirlos. Ahora, eso sí, tienen que ser 10 veces más caros que los normales, si no ¿dónde está la gracia? ¿engañar y perjudicar a alguien y cobrarle poco?. ¡Hay que entender la psicología humana: hay que cobrarle mucho! No es suficiente con tomarle el pelo, perjudicarle o dañarle al organismo, hay que cobrarle mucho. Si le cobramos poco corremos el riesgo de que se adhiera a otra droga más cara (y más nociva). Y saben que los artículos caros tienen un mayor prestigio y status. Quizás, deberían incrementar el precio de la cajetilla unas 10 veces más. Así sólo fumarían los auténticos adeptos. La élite: los ricos. No se preocupen que los pobres porfiarían para conquistar ese lujo, aunque fuera a base de eliminar pescado y carne de su dieta. Ya me lo estoy imaginando.

Grandes premios y paradoja.

Al final hay que pagar una y otra vez, una y otra vez hasta que consigue lo que desea y es contraer alguna enfermedad, levantarse de la cama por la mañana tosiendo como una locomotora, perder propiedades olfativas o  gustativas, todo ello para acabar presumiendo de nuestra sonrisa en blanco y negro (por lo de las manchas en los dientes, ya saben) y otros trastornos varios. Pero esto a veces no es suficiente, hay que invertir todavía más dinero (¿cuánto llevamos ya?) en alcanzar la licenciatura y obtener el certificado que te concede el señor oncólogo: “Ha sido usted agraciado con un hermoso cáncer de pulmón” (o similar). La inscripción de este certificado honorífico debe tener unas letras enormes para que todo el mundo sea consciente de nuestro logro. Constituyen el reconocimiento a una vida plagada de sacrificios. “Tengo cáncer de pulmón”. En esos momentos parece que los estudios terminan y uno ya lo “obligan” a abandonar (que si no seguro que seguiría). Curiosamente, justo en el instante en el que parece conseguirse el objetivo (matarse), le entra a uno miedo y detiene el proceso. A un paso de la meta y va se detiene. Absurdo.  Otros son más atrevidos, prefieren doctorarse y siguen pagando y más y más, y más, hasta que al final lógicamente mueren. Uno claro, no puede deteriorarse eternamente por mucho que se empecine en ello. No es posible. Keith Richards, Mick Jagger o Steven Tyler son excepciones rarísimas que contrarrestan esta última premisa. Toda la vida intentando matarse y todavía no lo han conseguido.

En ambos casos las familias se enteran de tamaño logro y, he aquí lo extraño del asunto, se entristecen en un acto tan contradictorio como digno de estudio por algún académico freudiano. Si el individuo atrapó la enfermedad por causas del maldito azar es comprensible pero de aquellos que lo intentaron durante largos años, que se empeñaron y se entrenaron duramente para alcanzar ese supuesto logro resulta inadmisible. Cuando el tipo consigue alguno de los "premios" que lucen en las cajetillas (y con letra bien clara) la gente de su alrededor no se le ocurre otra que ponerse a llorar. Yo, que de nuevo debo pertenecer a una especie alienígena como los boy scouts o los socios de Mensa, no entiendo a estos extraños seres humanos. ¿Por qué lloran? ¿Y si eso no era lo que quería por qué no le advirtieron antes? ¿No deberían hacer una ceremonia conmemorativa? No sé, “Don Cigarro, 40 años tu amigo fiel”. Y la ofrenda, un cigarro gigante sonriendo. Pero este cigarro de permanecer encendido. Y soltando humo, para captar adeptos claro, que para eso fue creado, pues sepan que Don Cigarrito, un tipo siempre bien vestido, es el rey de una de las sectas más destructivas del planeta. Lo mejor de todo es que se le considera "un tío legal". No como a otros y otras, por ejemplo la Cocaína, el Crack, la Metanfetamina o la Heroína que son mal vistas (mira que con el precioso nombre que tiene esta última y se la trate como ilegal, tiene cojones la cosa).






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