El anti-ídolo. Ensayo y crítica sobre los ídolos contemporáneos.

Creado: 31/1/2012 | Modificado: 16/4/2014 1335 visitas | Ver todas Añadir comentario



 

Padres beligerantes.

Es absolutamente terrible e inconcebible contemplar la actitud beligerante de algunos de los progenitores que asisten a partidos de fútbol pertenecientes a categorías inferiores. También de baloncesto y otros deportes, pero el fútbol, quizás por ser el deporte rey, se lleva la palma.

No hay más que asistir a encuentros deportivos de niños y adolescentes para comprobar como un porcentaje nada desdeñable de cabezas de familia se posicionan en los aledaños del campo, ante la batalla que se avecina, como soldados defensores de la justicia, el honor y la dignidad y acosan de manera reiterada y hostil al árbitro de la contienda, al entrenador o a los miembros del equipo contrario que no pasan de ser meros críos.

Nuestro héroe progenitor no parece hacer distinciones para vomitar sus biliares amarguras. ¿Razones? Tan banales como que su retoño no aparece como titular en la alineación del equipo, cosa que por supuesto “se lo merece porque es el mejor”. Una cosa es la subjetividad y otra convertir un ejercicio de formación en un campo de tiro (de insultos me refiero).  Para tal empresa, algunos padres se erigen como auténticos expertos. Es de esperar: se entrenan todas las semanas. Cerca del 80% de rifirrafes y tumultos parten de la iniciativa de estos aprendices de educadores, según he podido averiguar.

Yo mismo he sido testigo de esta verborrea tan vehemente como fuera de lugar (afortunadamente no por mi padre que siempre fue comedido, sí por muchos otros) durante mi época infantil y adolescente donde participé en ligas regionales. El espectro de insultos de los padres, familiares o aficionados asistentes que arrojaban a los adversarios o el árbitro parecía no tener fin: “¡Rómpele la pierna!”, “¡Que no te regatee!, ¡páralo como sea!”, “Árbitro cabrón, ¿es que no has visto el penalty o qué? ¡Te has vendido!”. Si todo esto ocurre en partidos de infantiles...

Insultos, berridos, lanzamiento de objetos, arrebatos de cóleras, sofocos, berrinches y pataleos se suceden en el transcurso de los partidos. Cualquiera les apacigua con palabras tranquilizadoras “Oiga señor, compórtese con un poco de decoro, que sólo se trata de un evento deportivo, ya sabe a lo que me refiero, a un pacífico entretenimiento, no hace faltar insultar a nadie y menos a un niño de diez años”. Igual recibes un mamporro sin quererlo ni beberlo. ¡No hablamos de un simple encuentro de competición, es la guerra!

Los padres quieren organizar el juego, realizar las sustituciones y si se les dejara tomarían drásticas medidas para modificar la estrategia de juego para beneficiar a su nene, o confeccionarían a su gusto las alineaciones. Ya saben, titular indiscutible su hijo y los demás a boleo. Por si esto no fuera suficiente, espolean a su equipo a pasar por encima al contrario, piden dimisiones, etc. Pero no son sólo los padres, muchas madres dan vergüenza ajena: se expresan como auténticas energúmenas, probablemente al estar menos acostumbradas a que su hijo practique un deporte de contacto físico: “¡A mi niño no lo toca nadie!”. No son pocas las noticias de árbitros atrincherados en sus vestuarios por temor de ser brutalmente apaleados por hordas de exaltados morlocks, ejem perdón de padres y aficionados iracundos, que invaden los campos como reclutas narcotizados y se lían a tortas con todo hijo de vecino. Definitivamente, a un buen porcentaje de padres se les debería mostrar la tarjeta roja nada más abrir la boca. Otra opción (humorística entiéndaseme) es atarles de pies y mano o amordazarles. “Prohibido padres maleducados” debería rezar un cartelito a la entrada del centro deportivo. Despotricar o soltar barbaridades por la boca, en tu casita o en el bar de la esquina. Ahí puedes liarte a puñetazos con las papas o estrujar la bolsa de Cheetos. Está permitido.

Esa desproporcionada afección por la competitividad que genera la sociedad se está trasladando a los partidos de infantes provocando altercados y situaciones inverosímiles. La presión por ser el más apto es tan fuerte que algunos niños viven condicionados a alcanzar “sus” metas “sea como sea”. Y si la opinión o decisión de un árbitro o entrenador no concuerda con la de los progenitores, estos no dudan en alzar la voz acusándoles de ineptos, burros y cosas peores. ¿No es demencial? Antes agregué comillas al posesivo “sus” porque entiendo que la frustración de la vida del padre o la madre se instala en la mente del niño y proyecta sus pasos para cristalizar un sueño que él o ella no pudieron alcanzar.

Este es un ejemplo real extraído del blog del ex-futbolista Borja Criado (un tipo con estudios) mientras formaba parte de las categorías inferiores de varios clubes importantes de fútbol.

(2) Empezaré exponiendo específicamente mi caso, contando lo que yo viví y explicaré el porqué de algunos comportamientos, dado que es ahí donde radica el germen de todo. Fiché por el RCD Espanyol con 12 años después de pasar una prueba (venía del equipo del colegio) y pasé del concepto “equipo de barrio” a lo que hoy conocemos como futbol profesional. Y digo profesional porque no puede denominarse de otra manera y es que entrenábamos 4 días a la semana por las tardes y llegaba a mi casa todos los días no antes de las 10 de la noche. Con este nivel de exigencia, no daba tiempo ni para hacer los deberes, ni para estudiar ni para otra cosa que no fuera dedicación exclusiva al fútbol. Es cierto que teníamos que presentar las notas en el club cada trimestre y, salvo alguna excepción, mis compañeros venían con una relación de suspensos importantes.  Ante ello ¿cuál era el comentario de la mayoría de padres? “Mi hijo no sirve para estudiar y a la mínima que pueda lo dejará”. Dicho y hecho. El tema de los padres (que son para analizar en un artículo separado) es clave en esta materia, porque todos se creen que su hijo es el “Maradona” de turno y que les va a sacar de la miseria, con lo cual se lo juegan todo a esa carta.

A modo de ejemplo, recuerdo como si fuera ayer los entrenamientos que teníamos en la vieja ciudad deportiva del Espanyol. Por supuesto, todos los padres presenciaban íntegramente el entrenamiento de su hijo. No sólo observaban, sino que criticaban al otro niño que competía con su hijo por un puesto en el once titular, daban indicaciones por encima de la figura del entrenador, insultaban a los padres del otro equipo o a los árbitros en los partidos oficiales y otros sinsabores que no vale la pena ni comentar pero que inciden de manera directa en la educación de su hijo. Yo he oído una frase de un padre que le decía a su hijo de 10 años que me dejó petrificado (era compañero mío): “tienes que lesionar a este chico en un entrenamiento porque juega en tu sitio (3)”. Con esto creo que uno puede hacerse una idea del nivel de exigencia que hay en edades tan tempranas y que inciden directamente en el desarrollo personal del niño. [...]

Recuerdo mi primera pretemporada con el primer equipo cuando tuve una conversación con Salva Ballesta que me gusta reproducir literalmente porque es muy gráfica: yo sabía que él era piloto militar y sabía que eran necesarias muchas horas de vuelo y de dedicación para poder sacarlo y le pregunté cómo lo había logrado y la contestación fue categórica: “hombre, Borja, por las tardes en lugar de irme al Corte Inglés a contemplar a alguna chica de buen ver (dicho finamente) o de comprarme el ultimo reloj de marca con brillantes, pues me voy a volar”. Tenía toda la razón. Yo le preguntaba a otros compañeros del equipo sobre su vida post deportiva y ninguno se preocupaba lo más mínimo de eso.  Respuestas como “ya lo pensaré”, ”yo voy a vivir de rentas” (me río de esa frase porque vivir de rentas es extremadamente difícil si uno quiere mantener su nivel de vida de futbolista), “yo viviré del ladrillo” o ” a mí que me importa, pues me iré poner tochos a la obra” eran algunas de las frases mas repetidas.  De hecho, yo era el rarito del equipo, el que estudiaba, el que hablaba en un lenguaje que muchos no entendían o incluso el pijo, pero debo decir que siempre desde el buen ambiente y sin rencores de ningún tipo.


(4) Los estudios de psicología nos han demostrado que,  si tras el partido, las huellas del resultado se instauran y prolongan en el jugador, euforia y alegría en las victorias; desolación y tristeza por las derrotas, el rendimiento y el aprendizaje se resienten gravemente. Si esto sucede debemos reflexionar y creer de verdad que entrenadores, dirigentes y familiares enfocan mal la competición. En definitiva lo importante es el sentido que le demos a la competición. El verdadero resultado es la progresión diaria del chico. Hagamos de las competiciones una magnífica herramienta de trabajo dentro de cualquier método de enseñanza del fútbol. Sepamos sacarle todos los beneficios que produce por sí sola. Usemos el tan poco utilizado, sentido común.”
Manuel Rodríguez Marrero

(5) La organización Save the Children denuncia que los niños que practican deporte de élite están expuestos a un mayor riesgo físico e incluso mental. Están obligados a dedicar muchas horas, demasiadas según los expertos, al entrenamiento y además se ven sometidos a la presión psicológica de no defraudar a sus familiares ni a su entrenador.


Reflexión:
Me temo que no, que sus hijos no les van a sacar de pobres por mucho que se empeñen. Y aunque así fuera, ¿creen realmente que hoy en día hay una relación directa entre alcanzar el éxito y una buena formación humana? A veces, es más bien, inversa. En realidad, algunos padres jamás accedieron a leer y asimilar los postulados del "buen educador", por eso, equivocadamente, adoctrinan diariamente a sus retoños para que se asemejen a algunos de sus vulgares ídolos. Craso error.

Es más, en muchas ocasiones una mayor presión parental se traducen en un decreciente interés por la competición del pequeño deportista. En definitiva, el 99.9% de los aspirantes jamás alcanzará una cota de profesionalidad de cierto nivel (donde la retribución alcance al menos la cota mileurista) y por supuesto no liberarán a sus padres de la mediocre situación familiar en la que se encuentran. Educar significa moldear el carácter del niño y extraer el máximo de su potencial a partir de una instrucción programada, serena e inteligente, no presionarle para que alcance status de millonario, y como consecuencia sus progenitores vivan a cuerpo de rey. Actuando de ese modo, fracasarán en su cometido, no logrando ni una cosa ni otra. Aparte de que el niño se verá sometido a un estrés innecesario. ¡Menos fútbol y más educación señores padres: lean más y griten menos! Si algunos conocieran las consecuencias de sus actos, se les caería la cara de vergüenza. Da grima verlos.

Notas:
Por cierto, viene a colación: ¿Alguno de ustedes ejerce de profesor de primaria o secundaria? ¿Qué opinan de de los padres, esos seres tan “protectores” que profesan un amor incondicional hacia sus hijos? Apuesto a que ya me entiende. No, ya sé que lo piensa, pero las armas están prohibidas en los institutos y colegios, deberá defenderse de otra manera. Iba a recomendarle un discurso razonado y efectivo pero casi me abstengo de dar consejos. Pruebe con el Aikido. A Steven Seagal le ha ido muy bien como experto en este arte marcial.


Fuentes.






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