Sociedad materialista. Crónica y análisis del hombre actual (2)

Creado: 22/3/2012 | Modificado: 15/5/2012 1499 visitas | Ver todas Añadir comentario


 

Sociedad materialista. Crónica y análisis del hombre actual.

En esta sección me dedicaré a analizar con cierta acritud e ironía el comportamiento y las creencias del individuo perteneciente a la sociedad materialista. He de decir que en parte me siento identificado con toda la sarta de calificativos que le dispendio. Algunos de los aspectos caracterizan su personalidad caricaturesca también son atribuibles a mi persona, así que en absoluto me libro de la quema. Es esta una reflexión dura, que pone al pie de los caballos a este triste individuo. Se puede leer con tono serio y analítico o con sentido del humor. Lo dejo a su elección.

Segunda Parte.

Andanzas de este individuo.

La única verdad que defiende este sujeto es: “Las cosas son como son y no se pueden cambiar“;, repite convencido haciendo uso de su muletilla preferida. Cualquier otra afirmación que le conminara a la acción le estresaría de tal forma, que se enfrentaría con su poseedor. Y este, en consecuencia, sería barrido sin pudor hasta los arrabales de la sociedad cual excremento intoxicador de la "pureza" del entorno. ¡Abajo los disidentes!

Del producto de sus actos soeces, podemos asegurar, nacerán individuos, incluso héroes del mismo calado. Batidos con los mismos ingredientes. De tales palos tales astillas. Y así hierven humeantes esos caldos en la olla roída por las kafkianas, grotescas y sulfurosas concepciones.


Dinero e ídolos.


En el materialismo hay una máxima que jamás se debe tergiversar: "Al más rico, más le has de dar". Y deben saber que los iconos ejemplarizantes suelen ser sujetos con ingentes recursos materiales. Los rasgos de personalidad de los que adolezcan no se consideran trascendentes. Sensibilidad, cultura, inteligencia, sentido común, son cuestiones menores que no se prestan a debate. El motivo subyace en la idea de triunfo, en otras palabras, el mayor orador es el éxito y el dinero que de él procede otorga (o compra) todas las demás virtudes.  Incluso la bondad es un atuendo o disfraz para presumir en ocasiones, léase galas benéficas o anuncios publicitarios. En estos actos a los iconos concurrentes se les brinda el derecho de presumir, y estos se prestan sin mostrar rubor alguno. También sirve como lavado de imagen. El éxito emparentado con el poder material y la aureola que desprende se valora muy por encima de cualquier virtud moral, psicológica o afectiva, salvo en casos extremos. En eso, todos parecen asentir con la cabeza. Nadie parece oponerse a este monstruoso régimen totalitario. El dinero se considera el único Dios. Sus poseedores, los obispos que dictan las normas. Los demás, sus sicarios. El dinero manda, ordena y dicta sentencias. Cualquier otra consideración deberá ser desterrada de las mentes aborregadas de los individuos-masa u hombres tornillo.

Uno de los personajes más aclamados es el que maneja una pelota con rigor y facilidad. No hay virtud más impresionante o digna de elogio en esta chabacana y retrógrada sociedad. A sus poseedores se les agasaja, les persiguen las muchedumbres absortas relamiéndose sus babas. Se les nombra Lores, Sires, Marqueses, se les cubre de premios de diferente índole, el dinero les brota por las orejas, obtienen todos los recursos para que los organicen a su antojo. ¡Como si les da por despilfarrarlos! ¡Se lo merecen! Incluso políticos y sociedades benéficas llaman a su puerta. Son reclamados por todos los medios periodísticos. Son iconos publicitarios, líderes espirituales, los reyes del tango y el mambo, y deben ser imitados "hasta en la forma de andar". Estos en sus ratos libres podrán dedicarse a ser expertos en juegos de cónsola, a presumir de cochazo de lujo, o de elegancia de ropa de marca, de su último y revolucionario peinado o de su nueva y espectacular conquista. Casos excepcionales se permiten el lujo de escribir sus memorias con un  vocabulario de no más de 1000 vocablos (doblando el número de las que suele utilizar). El resto de palabras contenidos en el panfleto serán asesoradas por un experto de turno, postrado ante la grandeza de ese tal divina lumbrera.

Y no duda alguna de su bondad, mientras le ofrezcan una camisa al niño espectador provocando una maravillosa sonrisa u ofrezcan el 0.1% de la barbaridad de dinero que obtienen pasarán a la historia como benefactores de la humanidad con letras bañadas en oro. Y su muerte se considerará luto nacional y afectará de manera lacrimosa a países enteros. Su reino se prolongará con la descendencia y devoción sus hijos pródigos o herederos y este no tendrá fin. Y no es una parodia religiosa (¡lo juro por Snoopy!) es la realidad palpable que subyace en la cultura del socialismo monetario.

Por el contrario, aquellos como científicos, investigadores y demás individuos con valores morales dignos de alabanza se les recluirá en un cajón de sastre y sólo se les permitirá expresarse cuando los monstruos dictadores lo estime oportuno. Ejemplo: para otorgarle el premio merecido al individuo anterior estableciendo de una manera definitiva el estatus de importancia social. Jugar a la pelota, aun con la capacidad de reflexión de un chimpancé es infinitamente más deseable que ser un genio pensador o cultivador de las reglas morales. El primero es un dios, el segundo nadie acertaría a pronunciar su nombre correctamente. Por comparación: un pobre imbécil o mamarracho. Es decir, aquellos que podrían guiar a esta sociedad por el buen camino parecen escondidos, vinculados con intereses políticos y nunca se sabe a ciencia cierta si escriben lo que creen o creen lo que escriben. Los pensadores independientes son franca minoría y realmente nos movemos en un maremágnum de opiniones que uno ya no sabe a quien seguir ni qué creer. Así que... ¡qué demonios es preferible no pensar demasiado y dejarse llevar para ahorrarse dolores de cabeza!


Le gustan los objetos.

Retoza, rodeado de infinidad de juguetes, a los que va destrozando uno por uno; a los que va renovando cada cierto tiempo. Su mayor hobby se relaciona con el afán consumista. Necesita consumir, comprar, adquirir el mayor número de productos, no importa de qué tipo, en caso contrario, su ego se resiente. Esa actitud se transmite cada vez con más fuerza de generación en generación.

Antes los niños disfrutaban manipulando cajas de cartón, ahora es necesario un cuarto entero para acomodar todos los trastos regalados por sus "sabios" progenitores, que además se ven desperdigados en el más absoluto desorden. Su misión será despedazarlos en el menor tiempo posible para reclamar inmediatamente después su derecho a nuevos entretenimientos. En caso contrario, el llanto y la frustración se apodera de los pequeños diablitos. Los del futuro requerirán una mansión de varios cientos de metros cuadrados plagada de trastos y cachivaches electrónicos dispuestos en habitaciones cuya entrada vendrá etiquetada con carteles identificativos. En la etapa adulta, se sustituirán los juguetes por vehículos motorizados, cuya norma irreprochable será que superen ampliamente la velocidad del sonido. Añadiendo la condición indispensable de que deben alcanzar tal logro en pocos segundos. 

Una condición sine qua non que se desprende del hábito consumista, es el hecho de  alardear de excelente y refinado gusto. El habitual despilfarro de dinero se compensa con el subsidiario homenaje de la vanidad que le otorga cada objeto.

Desgraciadamente todos estos objetos nunca llegan a resultarle satisfactorios más que un determinado tiempo, son como todo relación objetual: pasajera. Apenas ha comprado la versión de un producto ya se queja porque se ha quedado obsoleto y ya está pensando en tener la versión más reciente. Este proceso no se detiene nunca, es más en general tiende a acortarse. A modo de ejemplo podría comentar que en épocas anteriores los televisores o medios de locomoción podrían cubrir buena parte de su existencia. Hoy en día, sin embargo, apenas si su presencia se prolonga más allá de pocos años.

A eso le llama progreso y sociedad del bienestar.   “¿Adónde vas filósofo de lo absurdo? Si no da dinero, aquello que te interesa, si no te dará la fama aquello que te preocupa, sólo el acervo de críticas ¿para qué has de perder el tiempo? El poeta de los tiempos modernos es el hombre rico. Haznos caso, queremos lo mejor para ti. No nos digas luego que no te lo advertimos“;. 


Nueva era de la oscuridad, donde, paradójicamente todo resplandece con miríadas de luces nerviosas de neón. Sin embargo, ese esplendor pertenece al auge impresionante de la tecnología y a la decadencia del corazón. Paulatinamente, los objetos se emancipan como ejemplos a tener en cuenta: las mujeres objetos, los deportistas peloteros (que juegan con objetos), los nuevos ricos, que trafican con objetos. El objeto es el centro de atención y quienes mejor dominan el arte de controlarlo o retransmitirlo son los amos del mundo. Sufren una devoción por el objeto o máquina, a él dedican sus rituales, sus plegarias, sus miedos, sus esperanzas.

Al mismo tiempo, no dudan en arrasar la naturaleza dadora de vida, asestando puñaladas a los pulmones vegetales para multiplicar la posibilidad de agenciarse más cacharros alámbricos o inalámbricos con caparazones de titanio o alumino. Contaminan el ambiente, polucionan, desmiembran comunidades de individuos, pisotean al débil o desamparado, erigen edificios gigantescos como símbolos de su vanidad sin límites, las especies naturales son perseguidas, aniquiladas una a una sin rubor, comercializando con sus órganos para regocijo de millones de consumidores que dispondrán de tales derivados en farmacias o supermercados, o sus pieles en las reconocidas tiendas de moda. Su afán de destrucción sólo conoce los mismos límites que su ambición: ninguno. Ya planea la conquista de otros planetas para implantar sus órdagos en sus superficies.

Todo es percentual, objetual, vacío, insulso, etc. Es la era del vacío, un vacío que parece absorberlo y contenerlo todo.  Y es así, bajo esas perspectivas como viven felices.

A todo ello, lo llaman sociedad del bienestar. Créanlo.


El amor materialista.

El individuo materialista es un ser desprovisto de interior. La única definición plausible de interior es el que se encuentro debajo de la ropa de marca que le identifica inequívocamente. Su interior es su cuerpo, el sexo. Y es que no hay nada más allá de ese precario límite de profundidad. Al amor lo define como sexo, y al sexo masturbación. Al Amor con mayúsculas sólo lo reconoce por las historias de hadas luminiscentes o películas con individuos que actúan, que fingen lo que no son y además son retribuidos por ello. Ese ideal se halla soterrado en una fosa profundísima y nadie en su soberana lucidez osaría retener un segundo en su mente la cansadísima idea de cavar un agujero de tal profundidad para comprobar su existencia. Es un sueño impensable. Una utopía, locura, indefinible, inalcanzable, imposible, sólo propia de individuos excéntricos o absolutamente enajenados.

Es más, la palabra "amor" referida a los entes de carne y hueso (por oposición a los objetos) queda desterrada del vocabulario común, y sólo se pronuncia por accidente o en ocasiones absolutamente especiales.

El amor personal (no orientado al objeto, que todo hay que explicarlo) apenas tiene cabida. Las relaciones cada vez son menos duraderas. Este individuo siente frustración con asiduidad, muy en el fondo de su ser codicia el amor eterno pero jamás se le ve la mínima intención de rescatar ese pedazo oculto de rebeldía , de rendirle un merecido tributo. Jamás fue instruido para ello. Una de las consecuencias de esta cobarde actitud es verse invadido por una sensación de vacío, como si nada tuviera sentido, como si su vida careciera de consistencia, de valor, de coherencia.

Este individuo resulta contradictorio hasta tal extremo que, cuando conoce el amor no material, aquel que le vinculo con un no-objeto (llámese persona, perro, etc), se le ilumina la cara y se altera la escala de sus prioridades, defendiéndolo a muerte como si se hubiera hallado el secreto del universo. ¡Impresionante ver su rostro de felicidad absoluta! ¡No cabe en sí de gozo! Toda su vida paseándose en la acera de enfrente, obviando las evidencias más simples, pasivo e ignorante, sin desarrollar un ápice esa capacidad, vergonzoso y pusilánime, y el día que establece un compromiso con ese  (pues de motu propio nunca iría en su búsqueda), adquiere tal fortaleza y capacidad de introspección que no duda en poner en tela de juicio cualquier axioma considerado indiscutible o amenazar a sus anteriores dioses si estos se atreven a arrebatarle su más preciada posesión. Sí, esos a los que defendía de forma acérrima. Así, surge el insumiso, el auténtico ser interior y desde entonces vive y muere por y para esa emoción. Su percepción del mundo cambia de manera brutal. Pero no se crean, casos como este son excepciones a la regla general. En caso de prolongarse este sentimiento, la pasividad y el escepticismo circundante diluirán esa sustancia hasta reducirla a la nada. El típico realista define el amor como una buena y permanente compañía, buen sexo, o alguien a quien contarle sus "hazañas" cotidianas. 

Es quizás el desenlace más triste de esta crónica de este patético individuo, que aquello que lo convierte en un ser único, superior, sea cruelmente vilipendiado, reducido a un sentimiento liviano y lamentable. Este engendro representa la indiferencia personificada, indigencia del corazón, snobismo desmedido, la carencia de ideales con fundamento.

Individuos que se miran de reojo, que rehúyen escuchar “la música que todo lo llena“;, que no sienten “las voces subliminales que hablan desde más allá de cualquier material coyuntura“;.

Cuanto me recuerdan estos párrafos a aquella historia parida por la imaginación del genio H.G. Wells. En una localización lejana en el tiempo, los humanos futuros se dedicaban a gozar como niños de su libertad nutriéndose de los frutos de los árboles o de los campos, sin siquiera reflexionar en las consecuencias de sus actos ni en el por qué de la sucesión de acontecimientos. Al acaecer la noche, la criaturas reinas de aquel universo, los morlocks,  seres monstruosos y teóricamente inferiores, les devoraban  sin que aquellos opusieran ningún tipo de resistencia. Miles de años de cultura se habían evaporado, los libros habían quedado reducido a cenizas y nadie prestaba interés a las líneas escritas.

Sólo se dedicaban a gozar de una presunta y maravillosa libertad. La única que conocían.


Conclusiones.


Y este, en resumidas cuentas, es el paradigma de individuo del que disponemos. De tales mimbres tales individuos. De tales individuos tales sociedades. Y de tales sociedades tales mimbres. Eterno círculo vicioso. Poco nos cabe esperar en el futuro, salvo construir naves espaciales y lanzarnos a la conquista de otros planetas para perpetuar nuestros cochambrosos criterios.
 
Individuo que poco conoce de sus orígenes, y menos de su destino. ¡Si apenas sabe de sí mismo!
¡El que resolverá los problemas mundiales a base de ignorarlos!
¡Pero si apenas puede lidiar con los avatares a los que se enfrenta y salir victorioso¡
¡Ofrecedle un ideal de envergadura para que la trueque por la más tonta de las diversiones!
¡Este es el que debe decidir los gobiernos que nos representen cuando lo mejor que sabe hacer con criterio es erigir ídolos de pacotilla, a su imagen y semejanza!
¡No hay progreso que no se funde sobre valores morales! ¡El dinero si no es bien invertido no instaura valores morales, sino que los corrompe!
¡Viva la dictadura del objeto!


Un poco (más) de humor. Ironías.


¡Pelar patatas, deporte olímpico! (¿se doparán los pela-patatas?). Ponerse 100 rulos en tiempo récord (¿algún intrépido desafiante?). Concurso de escupitajos (¿modelo a seguir?). Campeonato del mundo de “agitadoras de pompones de clase A“;. Zapatero del rango “mocasín“; de la clase “color negro“;, subclase “talla 41“;,  y entre, por méritos propios, en la historia del gremio, “¡yo lo sé todo del mocasín negro del número 41!“;,  “¡soy todo un ejemplo! ¡el número uno! ¡un triunfador!“;.

Sin creencias firmes (“¿Yo?, ¡en el fútbol!“;, “¡Las revistas del corazón! ¡el cantante ese que está bueno!“;), tolerancia infinita (“No quiero llevarme mal con nadie, soy muy liberal“;), permisividad (“¡Me da todo igual mientras no me afecte a mí!,“;), hedonismo (“¡El placer es la única verdad!, ¿por qué no probar?, ¿y si me los tiro a todos y luego elijo el que más me gusta?“;), falta de grandes ideales (“¡Cómo me gustaría salir en la tele!“;), existencia apegada a lo mundano, a lo espectacular, independientemente de otras consideraciones (“Lo que más me gusta de esta serie son las tías en bañador que salen, sobre todo, la rubia esa“;, “¡Da igual que le muerda la oreja, tienen que recalificarlo, es un espectáculo, el mejor boxeador!"), frivolidad infinita (un anuncio en la televisión sobre top-models: “Es muy duro cambiarse de ropas 15 veces al día, muy sacrificado...“;), escasa originalidad (“¡Eh, yo también llevo un piercing en la oreja y el pantalón tal“;), tópico (“Así es como debe ser“;), irracionales (¡viva el hombre masa!), irreflexivos e impulsivos (“No sé cómo me ha podido ocurrir, ¿cómo es posible que esto me haya sucedido a mí? ¡No lo entiendo! ¡Es injusto!“;), idólatra, carácter borreguil ("ese jugador es es.... para mí un dios").   Encumbra lo banal, lo vacío de valor (ufff, cualquier ejemplo es válido) y discrimina al que le quiere hacer cambiar de opinión (yo, por ejemplo, aunque yo ya me río de todo), egoísmo exacerbado (“Todo para mí, todo para mí. Los demás que se apañen“;), crispación (“¡Será burro el árbitro! ¡Está comprado!“;), ansiedad, problemas psicológicos (¡tómese las pastillas!), falta de personalidad (drogas, alcohol, Dios...), falsa espiritualidad (sectas, pseudorreligiones, el fútbol, etc), indecisión e inmadurez (“Tengo 34 años y aún no tengo claro lo que quiero hacer en la vida“;), divorcios y separaciones (in crescendo), incestos y abusos sexuales (mejor evito la ironía en este apartado), huida del compromiso (“¡Yo ya estudio una carrera, no tengo tiempo para más cosas!“;), sexo por encima del amor (“Ah, pero... ¿no es lo mismo?“;), dinero (“¡Ay, el dinero es súperimportante!“;), más dinero (todos lo quieren: “¡Yo!, ¡yo!, ¡yo!“;), exaltación de la belleza exterior (mención especial para el varón, pero la mujer no le va a la zaga), el virus del ¡bah! (“¿Quién dice eso? ¡bah!, ¡qué más me da a mí!“;), enfermedad del materialismo (todos infectados), narcisismo (“Me he comprado un espejo de 3X3 metros y un montón de potingues de belleza pero no sé dónde meterlos“;).   Al final todo resulta tan difícil, educar a los hijos (“¡Es difícil ser padre/madre!“;), luchar contra uno mismo (“Que me dejen tranquilo... ¡no puedo dejar de fumar! ¡es más fuerte que yo!“;), tener convicciones propias, una fuerte personalidad, iniciativa y capacidad de decisión (“Yo opino de que sí, creo que... bueeno, esto... quizás, pero, ¿y si...?, a lo mejor voy a... aunque claro, pensándolo bien... tampoco lo tengo muy claro...“;). Añadamos al carrusel de los despropósitos a los héroes de barro (digo yo, que alguno se salvará de la quema), la falta de afecto (le pega, la engaña, no se entienden con sus padres...), la indiferencia de 18 millones de quilates y la absoluta desgana para luchar por grandes ideales.  


¿Grandes ideales?

Literatura rápida, sin contenido, novelitas, revistas rosas, periódicos deportivos que empiezan a parecerse a aquéllas, negación de la realidad, subjetividad patológica, libros de dudosa reputación editorial, de usar y tirar, mejor crucigramas, ¿autodefinidos?, no, no, sopas de letras que son más fáciles, pasar el rato, llenar el tiempo, matar el aburrimiento, ir siempre a la moda, escuchar lo que más suena, hacerle la pelota al campeón, ¿dónde debería llevar mis piercings?, falta de modelos para la juventud (¡verdaderos!), libros-basura, tele-basura, vida-basura, comida-basura, amor-basura, sentimientos-basura, ideales-basura, degradación cultural, degradación del organismo, degradación de todo lo demás, catatonía, frivolización de la frivolidad (esto es cosa seria), metafísica del egoísmo (“Más allá del yo, ¿qué hay?, ¿la mujer? ¡que se adapte a mí!“;), esclavitud debido a una desmedida ambición (dóping, hombres tornillo, empresarios obcecados con el dinero), fragilidad mental (“He suspendido, tengo una depresión de caballo, creo que me voy a suicidar“;), incultura (“La capital de Estados Unidos es Nueva York, ¡seguro!“;), falta de valores (“¿El dinero no es un valor?“;), más incultura (“¡El año pasado ya me leí un libro!, ¿no da lo mismo un tebeo?, ¿leer a Petete no vale?, ¿el Play Boy?“;), masificación de lo insustancial (ahora ya no hay nadie que no sepa si el hijito es de tal o cual cantante o actriz), especialización altísima (el tío del mocasín), cada día somos más analfabetos carencia de grandes ideales (sí, otra vez, ¿pasa algo?), sociedad sin ilusión, sin grandes metas (“¡¿Pero no era el dinero la ilusión, la meta?!, ¡che, cómo me toman el pelo!“;), amor devaluado (“No sé si casarme o no, ¿y si no me caso?, pero es que ya toca... aunque la vecina está buena que te cagas ¿Y si paso de todo y me voy de putas? Estoy confuso“;), objetualización del ser (mujer objeto, hombre-cosa, ¿para cuándo las niñas-objeto? ¡ah, que ya hay de esas! ¿niños prodigio con dos añitos?, con tal de que ganen dinero...), más incultura (“¡Vale ya!, ¡sí, soy un burro!, ¡pero déjame tranquilo pesado!“;), falta de sensibilidad (“sensibiliqué... me suena la palabra, pero creo que la buscaré en el diccionario“;), machismo, racismo (que no falte en el menú), confusión entre lo que se siente y lo que se dice (“pues yo siento lo que digo, aunque bueno si es muy guapa…igual no“;), consumismo fácil (“Me he comprado esto, 30 euros me ha costado, pero nunca me lo pongo: un capricho como otro“;), inmadurez (“Hace diez años era igualito que ahora, apenas he cambiado: sigo mirando el fútbol, emborrachándome los sábados y soñando con unan tía buena“;), irresponsabilidad (“¡Bah pesao! ¡Las drogas tampoco son tan malas! ¡Además yo controlo!“;), incapacidad para reflexionar (“¿reflexionar?, uy, eso debe de doler“;), culto al dinero (“Malají, malají, malajá, uuuuuh“;), masoquismo (“Es verdad mi novio me pega, pero poco, tampoco es para tanto“;), vagancia (“¿Por qué no inventan un mando a distancia para controlar todos los aparatos, incluida la mujer? “;), la cuenta en números rojos (“Es igual, ya lo pagaremos, mmmm, ¿y si empeño a mi suegra así podr...?“;), sinceridad en las relaciones ("bueno, sólo la he engañado un par de veces, lo normal"), supervivencia del más frío y calculador (supervivencia del más indeseable), convicción en que la realidad es la única verdad ("¡eres tú chaval el que vives en un mundo de fantasía! ¿Yo? Ah, vale, vale.").






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