Las culturas fracasadas. El talento y la estupidez de las sociedades. José Antonio Marina (3)

Creado: 18/12/2012 | Modificado: 30/1/2013 1173 visitas | Ver todas Añadir comentario



Las culturas fracasadas. El talento y la estupidez de las sociedades. José Antonio Marina (3)

Texto: http://www.ugr.es/~pwlac/G27_Recension-01.html 
Por: Sonia Ester Rodríguez García, Becaria FPI. Departamento de Filosofía y Filosofía Moral. UNED, Madrid.

Tras su obra La inteligencia fracasada, dedicada al estudio de la inteligencia humana, José Antonio Marina se centra con Las culturas fracasadas en la inteligencia social, abordando ‑con su estilo siempre tan cercano y personal‑ temas de gran interés como la relación individuo-sociedad, el relativismo cultural, la lógica de la evaluación intercultural y la posibilidad de una ética transcultural.

El ensayo comienza con una sugerente pregunta, "¿Quiere usted ser el protagonista de este libro?", y la petición del autor, "Por favor, respóndame al final". Pues, sólo tras la lectura completa se comprender que el libro tiene como finalidad la conformación de un gran proyecto ético, en el que todos deberíamos participar. Pero, no adelantemos conclusiones.


La inteligencia compartida es fruto de una interacción entre inteligencias individuales ‑aunque no se puede reducir a la mera suma de las mimas‑, que a la vez recae en ‑por utilizar la expresión orteguiana‑ mi circunstancia. La inteligencia humana es, por tanto, estructural y funcionalmente social. Pensamos a partir de la cultura ‑fruto objetivo de la inteligencia social‑ y de las creencias implícitas en la misma, las cuales utilizamos como criterios a pesar de que, a menudo, desconocemos su origen. De ahí, la necesidad de saber "cómo se forman las culturas, si hay una inteligencia colectiva, si es más o menos potente que la individual, y si podemos esperar sensatamente un futuro acogedor" (p. 17).

La inteligencia compartida produce siempre efectos subjetivos ‑ayuda a la satisfacción de necesidades y metas, así como a la generación de ocurrencias‑ y objetivos ‑produce objetividades independientes de los actos físicos y psicológicos de los que emerge‑.

Estos últimos de especial relevancia pues de la interacción de inteligencias personales emergen significados y entidades simbólicas, como el lenguaje, las costumbres, las instituciones, etc.

Marina comienza analizando la interacción de grupos pequeños ‑desde la conversación, la relación amorosa, la familia y el equipo hasta la ciudad‑ para, con un progresivo proceso de complejización, pasar al estudio de la inteligencia social de órdenes extensos. El riesgo en estas interacciones siempre es el mismo: la posibilidad de una fractura intelectual, al no poder compatibilizar ni articular adecuadamente la inteligencia individual ‑y sus intereses, habría que añadir‑ y la inteligencia compartida.

Centrándonos en el orden más extenso, la sociedad, podemos decir que la inteligencia social es la inteligencia compartida por grupos extensos y su creación objetiva es la cultura.

En el ser humano ‑nos dice Marina‑ existen cuatro deseos fundamentales: sobrevivir, disfrutar, vincularse socialmente y ampliar sus posibilidades vitales.

Estos deseos originan una serie de problemas (de convivencia) universales de los cuales el autor señala nueve: 1) el valor de la vida, 2) la producción y posesión de bienes, 3) la participación en el poder, 4) la relación individuo-comunidad, 5) la resolución de conflictos, 6) la sexualidad y la familia, 7) el cuidado de los débiles, 8) el trato con los extranjeros, y 9) la relación con el más allá.

A la luz de este análisis, la cultura es entendida por el autor como el conjunto de soluciones comunitarias a estos problemas. Estas soluciones se concretan en "instituciones, códigos morales, sistemas jurídicos y educativos, costumbres, creencias sociales, sentimientos culturales, modas" (p. 77). Y es precisamente aquí donde surge la necesidad de una teoría crítica de la inteligencia social y de sus creaciones culturales, ya que seguimos normas de las que desconocemos su origen y, en ocasiones, su pertinencia y adecuación. El objetivo de la teoría crítica de la inteligencia social es el estudio de la génesis de las diferentes concepciones culturales. Esta teoría debe completarse con una pedagogía de la inteligencia social que permita la evaluación del grado de pertinencia y adecuación de dichas concepciones.

La sociedad inteligente ‑talentosa, si nos remitimos al subtítulo del libro‑ es aquella que ofrece buenas soluciones a estos problemas universales, es decir, ayuda a solventar obstáculos y a alcanzar las metas propuestas. En contraposición, serán sociedades estúpidas, fracasadas, aquellas que crean más problemas de los que resuelven, destruyen el capital comunitario y limitan las posibilidades vitales de sus ciudadanos. Nuevamente, el peligro reside en esa fractura intelectual que se puede producir entre la inteligencia individual y la social.
 

A través del aprendizaje de la cultura el ser humano adquiere creencias, sentimientos, motivaciones, identidad personal y social, y la "voz de la conciencia". Es a estos dos últimos aspectos a los que el autor presta mayor atención.

La configuración de una doble identidad ‑personal, que responde a la pregunta quién soy yo, y social, que responde a la pregunta a qué grupo pertenezco‑ se realiza a través de un proceso de personalización y socialización. La dificultad estriba en conseguir el equilibrio adecuado entre ambos procesos e identidades.

El fenómeno de la hipersocialización puede derivar en la conformación de una masa compuesta por individuos sumisos, acríticos, irreflexivos e irresponsables; mientras que una personalización excesiva conduce al individualismo, la cultura del narcisismo y la pérdida del sentido moral.

El reto de la cultura es "fomentar un modo de ser sujeto capaz de superar el concepto de libertad desvinculada, y de encontrar nuevas fuentes de posibilidad ‑es decir‑ de esperanza en la relación con los demás" (p. 145).


Por otra parte, las normas morales, los sentimientos y las ideologías implícitas en la cultura operan en el individuo a través de la "voz de la conciencia". Será tarea de la teoría crítica de la inteligencia social comprobar si pueden ser justificadas reflexivamente.

Toda sociedad crea su propia moral, es decir, las normas morales son establecidas por la inteligencia social. Siguiendo la propuesta de Fukuyama, Marina diferencia cuatro tipos de normas morales ‑combinando las coordenadas espontáneas/ jerárquicas y no racionales/ racionales‑: normas espontáneas no racionales (por ejemplo, el incesto), normas espontáneas racionales (como el comercio o el derecho consuetudinario), normas jerárquicas no racionales (por ejemplo, aquellas que emanan de un líder religioso) y normas jerárquicas racionales (como las leyes). El objetivo de esta clasificación es comprobar la génesis de las normas morales, que comúnmente aceptamos sin cuestionar.

Pero, para evaluar las normas morales es preciso atender a su lógica interna, en la que ‑siguiendo a Marina‑ podemos encontrar cuatro constantes:
1) la aparición de movimientos críticos contra las normas, sus fundamentos y sus celadores.
2) la modificación de la moral a partir de cambios en las creencias.
3) la génesis de problemas morales de difícil solución por cambios económicos, sociales y /o culturales.
4) la puesta en tela de juicio de la propia moralidad como consecuencia del contacto con otras culturas y sus morales.

Atendiendo a estas, Marina formula su ley del progreso ético de la sociedad vinculada, ahora, a la inteligencia social: a partir de la interacción de individuos liberados de los cinco grandes deformadores sociales ‑a saber, la pobreza, la ignorancia, el miedo, el dogmatismo y el odio al vecino‑, la inteligencia social evolucionaría hacia "un sistema normativo que se caracteriza, al menos, por defender los derechos individuales, el rechazo a las desigualdades no justificadas, la participación en el poder político, las seguridades jurídicas, la racionalidad como modo de resolver conflictos, la función social de la propiedad y las políticas de ayuda" (p. 168).

Es decir, emerge una ética deseable ‑una moral transcultural universal, fruto de la inteligencia social de la humanidad‑, pues la ética es "la mejor herramienta social para proteger la riqueza de las naciones, su creatividad, sus peculiaridades, su capital social" (p. 171).



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