Sistema de enseñanza y familia: Dos caminos paralelos para la perpetuación del sagrado sistema consumista-capitalista

Creado: 24/7/2012 | Modificado: 30/1/2013 1222 visitas | Ver todas Añadir comentario



Sistema de enseñanza y familia: Dos caminos paralelos para la perpetuación del sagrado sistema consumista-capitalista

Texto: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=72415
Pedro Antonio Honrubia Hurtado

Primera de las instituciones: sistema de enseñanza. Crítica

La primera de estas instituciones mencionadas, el sistema de enseñanza, sería, según nos dicen, el modelo de educación académica que el sujeto recibe para su formación en el ámbito de los conocimientos teóricos de las diferentes ciencias y demás disciplinas académicas existentes, y que, a través de unas técnicas y un método específico, transmiten al alumno una realización ordenada, metódica y adecuada de las mismas. La enseñanza es, en consecuencia, una actividad realizada conjuntamente mediante la interacción de tres elementos: un profesor o docente, uno o varios alumnos o discentes y el objeto de conocimiento. El sistema de enseñanza sería así, en resumidas cuentas, el modo en cómo desde las instituciones políticas dominantes se organizaría todo el proceso de enseñanza que va desde las primeras etapas de la educación del niño a los últimos escalones posibles en el ámbito de la formación y la investigación académica (enseñanzas universitarias superiores)
 




El sistema de enseñanza es, por tanto, un modelo de organización del proceso general de enseñanza que ha de ser determinado obligatoriamente desde el ámbito de la política, al ser regulado mediante leyes parlamentarias y otras determinaciones jurídicas legislativas y ejecutivas. Por ello, si tenemos en cuenta que en toda sociedad sagrada son las clases dominantes las detentadoras del poder político, no nos queda más remedio que concluir, con el marxismo, que el sistema de enseñanza es una institución social educativa puesta al servicio de los intereses de las clases dominantes. En nuestra actual sociedad consumista-capitalista, con su carácter sacro-religioso, el sistema de enseñanza vigente es un sistema educativo puesto al servicio de los intereses de la clase burguesa dominante, a partir del cual transmitir al sujeto que está recibiendo su formación académica el modelo de sociedad previamente sacralizado por estas clases dominantes a través de los valores sociales y morales imperantes como hegemónicos.

La educación es convertida así un instrumento en manos de la clase dominante que determina su carácter metódico adecuadamente a sus intereses de clase, así como el ámbito que abarca la enseñanza para su propia clase y para las clases oprimidas (colegios públicos vs colegios privados). Pero como la burguesía presenta al capitalismo como la realización completa del orden de vida “natural y racional”, exento de proceso de construcción social alguno, y sin ninguna relación dialéctica con la lucha de clases, el sistema de enseñanza y educativo -que en realidad es un instrumento de sus intereses- se embellece con bonitas frases acerca de la libertad y de las posibilidades de desarrollo, se vincula con los valores fetiches preferidos que actúan como fuente de adhesión emocional de las masas al sistema –la razón, la libertad y la democracia-, y por ende también al propio sistema educativo en sí mismo. Se lanza el mensaje de una educación desde la razón, para la libertad y la democracia, cuando en realidad ocurre todo lo contrario, es una educación ordenada desde la sin razón, para la alienación y la dictadura de la burguesía.

Es decir, según la visión predominante, orquestada desde las altas instancias del poder político y económico burgués, el sistema educativo capitalista no tendría carácter de clase alguno, sino que simplemente supone el modo por el cual la sociedad misma tiene capacidad de dotar a sus integrantes de una formación integral, no sólo académica o laboral, sino también personal y humana. Sin embargo, un análisis no demasiado minucioso de la realidad nos dice todo lo contario. En la sociedad consumista-capitalista, como se suele decir, el sistema de enseñanza no es otra cosa que la enseñanza del sistema. Y esto queda manifiestamente explícito, sobre todo, en la orientación general que se le da, en todo país capitalista que se tercie, al proceso de formación académica de los sujetos.

Ya desde las primeras etapas de la enseñanza lo que se puede observar es un proceso de deshumanización del individuo, orientado en su formación a ser convertido no en ciudadano, no en persona integral, sino en simple mercancía de trabajo con la cual poder especular a medio plazo el sistema. Todo el sistema de enseñanza está orientado a dotar al alumno de los conocimientos y la formación necesaria para que, según sus propias capacidades, se integre al mercado laboral y satisfaga de manera efectiva las demandas del mismo. La educación no tiene como objetivo formar personas que aspiren a auto-realizarse como tales, personas con capacidades críticas o con una formación humana más allá de los valores propios del sistema imperante, sino la formación de trabajadores que realicen de manera eficiente su labor y contribuyan a optimizar el funcionamiento del sistema capitalista y maximizar los beneficios económicos del mismo en todo lo que sea posible (para gloria de las clases dirigentes).

La educación es, por tanto, una inversión económica que las clases dominantes, a través del estado o las instituciones privadas, hacen con cada individuo a largo plazo, para que, una vez el alumno adquiera los conocimientos necesarios, poder sacarle, a través del trabajo asalariado, la rentabilidad deseada. Todo el dinero que el estado o la iniciativa privada se gasta en la formación académica del alumno, le será conveniente devuelto, con intereses y plusvalía, una vez éste se haya integrado al mercado laboral como un trabajador asalariado y consumidor más. No es de extrañar, por tanto, la cada vez más evidente necesidad del sistema por privatizar y gestionar como si de empresas se tratasen todas las instituciones académicas representativas, especialmente las Universidades.

El sistema educativo se convierte así, además, en un proceso selectivo para el mercado laboral, en el cual, a través de una orientación de las técnicas y los métodos de enseñanza para expandir como norma la competencia y la excelencia académica, se hace de la exigencia y el mérito el valor principal del proceso, a partir del cual se sabrá cuáles sujetos están capacitados para ocupar ciertos puestos laborales en la sociedad, y cuáles se tendrán que conformar con ocupar los que estos primeros no deseen.
 

Pero unos niveles de exigencia y mérito que son aplicados exclusivamente sobre baremos que abarcan sólo los conocimientos teóricos o las capacidades prácticas de un individuo en relación con la eficiencia productiva que se debe generar una vez este sujeto es incorporado al mercado laboral, no en relación con cualesquiera otros baremos que tomen como referencia también la tan cacareada formación integral de la persona.

La correcta formación moral o intelectual crítica de una persona, por poner un ejemplo significativo, no será nunca ni meritoria ni satisfactoria de la exigencia requerida, pues con ella tal vez se pueda hacer del individuo una persona más íntegra, pero en absoluto se garantiza que sea una persona más productiva según los parámetros requeridos por la estructura económica de la sociedad.


 La exigencia y el mérito pueden ser valores progresistas, de hecho lo son cuando son entendidos según una perspectiva amplia del sujeto como ser social, pero se convierten en elemento de fomentación de la competencia despiadada e insolidaria cuando tienen como único objetivo ir estableciendo paulatinas cribas en el ámbito laboral al que pueden aspirar unos sujetos y otros.

Así, el sistema de enseñanza es convertido en un elemento más de la mercantilización de la sociedad, a través del cual no sólo se forma trabajadores, sino que se reproducen los conocimientos necesarios para que los alumnos acepten el carácter absoluto de los elementos más propiamente característicos de la misma. Toda función social de la enseñanza, más allá de esa formación laboral y de adoctrinamiento a los valores sagrados consumista-capitalistas, es anulada en el sistema capitalista actual, donde el desarrollo pleno de la persona no ocupa papel alguno, y donde todo, absolutamente todo, se orienta hacia la satisfacción de las exigencias del propio sistema capitalista (que demanda a la enseñanza trabajadores formados e individuos alienados sin capacidad crítica alguna). Así, como afirma el sociólogo Ignacio Fernández de Castro “la mercantilización del sistema de enseñanza se pone de manifiesto en que el desarrollo pleno de la personalidad de los alumnos deja de ser el objetivo principal del proceso de enseñanza cediendo esta posición a su contribución, mediante la especialización profesional de sus alumnos, al desarrollo de la capacidad económica competitiva de la sociedad, tanto en la producción de mercancías, cómo en la conquista de los mercados internacionales”(4).

La enseñanza no resulta, pues, una manifestación más del eje de dominación capitalista, sino una estrategia fundamental para el mantenimiento de esta organización social diseñada y sacralizada por las clases dominantes a través de los códigos simbólicos hegemónicos en el ámbito de la esfera supra-estructural. Como decimos, cuando un alumno termina su formación académica, sea cual sea el nivel en el cual deje los estudios, pero sobre todo si hablamos de niveles pre universitarios, no sólo habrá sido formado para que acepte su integración como asalariado al mercado de trabajo, sino que habrá interiorizado el carácter sagrado de los elementos más característicos de la estructura económica de la sociedad capitalista, por el simple hecho de que estos elementos que jamás habrán sido puesto en duda a lo largo de todo el proceso educativo, especialmente en las etapas de educación obligatoria.

Además, la capacidad crítica del alumno es sometida por la autoridad del profesor, el cual, según la metodología oficial, se da por hecho que habla siempre, diga lo que diga, en nombre de la verdad, y de cuyas enseñanzas, encerradas en los libros de texto manejados por el alumno, no es necesario dudar de manera crítica, pues son verdades en sí mismas sistematizadas por autoridades en la materia. En ningún caso se enseña, ni por asomo, capacidad alguna para que el alumno pueda dudar de la veracidad de las informaciones que recibe durante el proceso de enseñanza, al contrario de lo que predicaba aquella famosa máxima del filósofo español Ortega y Gasset “Siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñas”.

De esta manera, el mensaje que está recibiendo el alumno durante toda su etapa escolar es una especie de alegoría simbólica para la sumisión a las fuentes de verdad preestablecidas, las cuales son en sí mismas indudables y, por tanto, se hace innecesaria la aplicación de un pensamiento crítico respecto de ellas. De igual manera que el niño no debe dudar de las enseñanzas predicadas por el profesor, el resto de su vida no deberá dudar de las enseñanzas predicadas por los medios de comunicación de masas y otras fuentes de información que suponen portadoras, por sistema, de la verdad. Se anula así, con este método, el despertar de las capacidades críticas en los alumnos, las cuales son reemplazadas por una enseñanza de la sumisión a las verdades predicadas desde las fuentes de autoridad del sistema (en este caso el profesor o los libros de texto, pero en un plano más general las verdades sacralizadas a través del uso mercantilista de la ciencia, la publicidad o los medios de comunicación de masas).

Es decir, mediante esta sumisión del alumno a las verdades incuestionables predicadas por el profesor y los libros de texto, el sistema de enseñanza capitalista anula la capacidad de análisis causal y crítico del sujeto en formación, convirtiendo al sujeto receptor de los mensajes en un individuo pasivo y des-individualizado (el profesor siempre dice la verdad, no necesita ser contrastada la información que transmite). Así, el sujeto que en su formación se acostumbra a someterse de manera acrítica a los conocimientos que recibe de parte de las fuentes de autoridad establecidas por el propio sistema de enseñanza como válidas –profesores y libros de texto-, ya no sólo no sentirá la necesidad de dudar sobre la veracidad de las informaciones recibidas a lo largo y ancho de todo su proceso educativo, sino que, además, habrá aprendido a respetar la autoridad de las fuentes de verdad establecidas como válidas en la sociedad, no dudando en ningún momento sobre la veracidad de las informaciones que recibe a través de ellas, unas informaciones entre las cuales se encuentran de manera continuada la proclama del carácter natural y racional de los elementos más característicos de la estructura económica que domina la sociedad, que pasan a ser incuestionables y respetadas, se sepa o no, por su carácter absolutamente sagrado y su condición de información interiorizada a través de fuentes autorizadas de la verdad.

Por otro lado, el sistema de enseñanza capitalista tampoco pone un ápice de atención en la formación ciudadana de los individuos, más allá de propugnarles una educación absolutamente sumisa a los valores y normas sociales más propiamente arraigados en la mentalidad colectiva. La preocupación casi exclusiva por dotar de una formación orientada a tener una determinada salida laboral no deja tiempo para que los alumnos puedan recibir la formación necesaria en materias relacionadas con sus derechos y deberes, no ya como ciudadanos del sistema, sino como personas con una vida propia que han de compaginar con sus estudios primero y su trabajo después. Los alumnos salen de los diferentes niveles educativos y, a poco que la vida les apriete, se dan cuenta que no han aprendido absolutamente nada en relación con su formación como seres sociales inmersos en una sociedad de relaciones complejas y cambiantes.

No se enseñan habilidades sociales, no se enseñan marcos de relaciones de derechos y deberes entre el sujeto y las instituciones de la sociedad, no se enseñan procesos de auto formación en cuestiones de vida en sociedad o en desarrollos de marcos para la convivencia. Y cuando se enseñan, como es el caso de la asignatura de nueva implantación en el estado español de “Educación para la ciudadanía”, se hace desde una perspectiva absolutamente alienante y descafeinada, que ni profundiza en el origen y causa de la realidad social, ni establece diferencias entre los diferentes miembros de las diferentes clases sociales que cohabitan en un mismo marco de convivencia socio-política y económica.


Sistema educativo. Ejemplos negativos.
Por ejemplo, como manifestación de esto que digo, un alumno sale de la educación media, si no repitió ningún curso, a la edad de 18 años, una edad en la cual en la mayoría de los países es ya posible ejercer el derecho al voto y, sin embargo, tal alumno no ha recibido formación política alguna que le permita racionalizar de manera crítica el sentido de su voto o la ideología política que mejor se adecua a la defensa de sus intereses según el papel que juegue dentro de la sociedad.

Otro ejemplo bastante significativo es que, a pesar de que todo el proceso educativo está destinado a la formación del alumno como fuerza de trabajo, al salir de las diferentes enseñanzas (incluidas las universitarias superiores), salvo que sean ramas específicamente destinadas para ello dentro de la educación superior (estudios de Derecho, relaciones laborales, ciencias del trabajo o carreras por el estilo), el alumno sale sin formación alguna en cuanto a materia de derechos laborales se refiere. Formación profesional habrá desarrollado en abundancia, sus deberes como miembro trabajador de la sociedad los conocerá todos, pero sus derechos laborales serán para él unos absolutos desconocidos, lo cual acaba en muchas ocasiones con el trabajador ejerciendo una labor que no se corresponde con sus derechos, explotados y tratados como auténtica mercancía, especialmente para individuos que abandonan sus estudios antes de llegar a los grados superiores de la educación. Por supuesto, tampoco conocerán como relacionarse con las instituciones para reclamar tales derechos, ni sobre qué bases ha de actuar para que no caigan en saco roto a capricho de la acción de la administración o los empresarios sin escrúpulos. En el sistema de enseñanza se forman trabajadores, eso es indudable, pero trabajadores que salen de él siendo auténticos desconocedores de los derechos que les corresponden como tales. Mucho empeño para que aprendan un oficio, pero ninguno para que aprendan cuales son aquellos derechos que en el desarrollo de ese oficio le son propios como ciudadano trabajador que es.

En definitiva, expuesto esto, creo que podemos concluir que son dos las exigencias que la sociedad capitalista hace a su propio sistema de enseñanza, ninguna de ellas vinculada a una formación integral de la persona ni nada que remotamente se le parezca:

a) la formación de sujetos destinados a servir como mano de obra asalariada que garantice la eficiencia productiva de la estructura económica de la sociedad.

b) la anulación de la capacidad crítica del alumno para que éste pueda ser convenientemente sometido por los valores sagrados establecidos a través del código simbólico establecido como hegemónico en la esfera supra-estructural.

En ambos casos, el resultado final es absolutamente brillante a favor de los intereses de las clases dominantes, pues el sistema de enseñanza (la enseñanza del sistema) cumple a la perfección, a juzgar por los resultados en la práctica, con estas tareas diseñadas para él por estas mismas clases dominantes. No se educa para crecer como persona, no se educa para formar ciudadanos libres, se educa exclusivamente para que te sometas sin dubitaciones a los valores sagrados pre establecidos por el sistema, para que te adaptes a ellos y para que contribuyas como “buen ciudadano” al ciclo económico laboral-consumista que tan buenos dividendos deja en las arcas de las clases sociales dominantes. Cualquier otro parecido con la “formación integral de la persona” es mera coincidencia fruto de la casualidad o la formación extra académica del sujeto en cuestión.