Optimismo. Parte I

Creado: 12/7/2012 | Modificado: 30/1/2013 2016 visitas | Ver todas Añadir comentario



Optimismo. Parte I
 

Primera parte
Texto: http://www.psicologia-positiva.com/optimismo.html

El optimismo es uno de los tópicos que mayor interés ha despertado entre los investigadores de la psicología positiva. Puede definirse como una característica disposicional de personalidad que media entre los acontecimientos externos y la interpretación personal de los mismos. Es la tendencia a esperar que el futuro depare resultados favorables. El optimismo es el valor que nos ayuda a enfrentar las dificultades con buen ánimo y perseverancia , descubriendo lo positivo que tienen las personas y las circunstancias, confiando en nuestras capacidades y posibilidades junto con la ayuda que podemos recibir.
 


La principal diferencia que existe entre una actitud optimista y su contraparte –el pesimismo- radica en el enfoque con que se aprecian las cosas: empeñarnos en descubrir inconvenientes y dificultades nos provoca apatía y desánimo. El optimismo supone hacer ese mismo esfuerzo para encontrar soluciones, ventajas y posibilidades.

En general, parece que las personas más optimistas tienden a tener mejor humor, a ser más perseverantes y exitosos e, incluso, a tener mejor estado de salud física.

De hecho, uno de los resultados más consistentes en la literatura científica es que aquellas personas que poseen altos niveles de optimismo y esperanza (ambos tienen que ver con la expectativa de resultados positivos en el futuro y con la creencia en la propia capacidad de alcanzar metas) tienden a salir fortalecidos y a encontrar beneficio en situaciones traumáticas y estresantes.


Segunda parte

Texto: http://www.salonhogar.net/Diversos_Temas/Optimismo.htm

Forjar un modo de ser entusiasta, dinámico, emprendedor y con los pies sobre la tierra, son algunas de las cualidades que distinguen a la persona optimista.

El optimismo es el valor que nos ayuda a enfrentar las dificultades con buen ánimo y perseverancia , descubriendo lo positivo que tienen las personas y las circunstancias, confiando en nuestras capacidades y posibilidades junto con la ayuda que podemos recibir.

La principal diferencia que existe entre una actitud optimista y su contraparte –el pesimismo- radica en el enfoque con que se aprecian las cosas: empeñarnos en descubrir inconvenientes y dificultades nos provoca apatía y desánimo. El optimismo supone hacer ese mismo esfuerzo para encontrar soluciones, ventajas y posibilidades; la diferencia es mínima, pero tan significativa que nos invita a cambiar de una vez por todas nuestra actitud.

Alcanzar el éxito no siempre es la consecuencia lógica del optimismo, por mucho esfuerzo, empeño y sacrificio que pongamos, algunas veces las cosas no resultan como deseábamos. El optimismo es una actitud permanente de “recomenzar”, de volver al análisis y al estudio de las situaciones para comprender mejor la naturaleza de las fallas, errores y contratiempos, sólo así estaremos en condiciones de superarnos y de lograr nuestras metas. Si las cosas no fallaran o nunca nos equivocáramos, no haría falta ser optimistas.

Normalmente la frustración se produce por un fracaso, lo cual supone un pesimismo posterior para actuar en situaciones similares. La realidad es que la mayoría de nuestro tropiezos se dan por falta de cuidado y reflexión. ¿Para qué sirve entonces la experiencia? Para aprender, rectificar y ser más previsores en lo futuro.

El optimista sabe buscar ayuda como una alternativa para mejorar o alcanzar los objetivos que se ha propuesto, es una actitud sencilla y sensata que en nada demerita el esfuerzo personal o la iniciativa. Sería muy soberbio de nuestra parte, pensar que poseemos el conocimiento y los recursos necesarios para salir triunfantes en toda circunstancia.

Cualquiera que ha sido campeón en alguna disciplina, llegó a colocarse en la cima por su esfuerzo, perseverancia y sacrificio, pero pocas veces, o mejor dicho nunca, se hace alusión a su optimismo, a esa entrega apasionada por alcanzar su fin, conservando la confianza en sí mismo y en las personas que colaboraron para su realización. El optimismo refuerza y alienta a la perseverancia

El optimista no es ingenuo ni se deja llevar por ideas prometedoras, procura pensar y considerar detenidamente todas las posibilidades antes de tomar decisiones. Si una persona desea iniciar un negocio propio sin el capital suficiente, sin conocer a fondo el ramo o con una vaga idea de la administración requerida, por muy optimista que sea seguramente fracasará en su empeño, ya que carece de las herramientas y fundamentos esenciales para lograrlo.

En otras circunstancias nos engañamos e inventamos una falsa realidad para hacernos la vida más fácil y cómoda. Basta mencionar al estudiante que se prepara poco y mal antes de sus evaluaciones, esperando obtener la calificación mínima y necesaria para “salir del paso”, sin darse cuenta que su falso optimismo lo llevará –tarde o temprano- al fracaso.

Se podría pensar que el optimismo nada tiene que ver con el resto de las personas, sin embargo, este valor nos hace tener una mejor disposición hacia los demás: cuando conocemos a alguien esperamos una actitud positiva y abierta; en el trabajo, una personalidad emprendedora; en la escuela, profesores y alumnos dedicados. Si nuestras expectativas no se cumplen, lo mejor es pensar que las personas pueden cambiar, aprender y adaptarse con nuestra ayuda. El optimista reconoce el momento adecuado para dar aliento, para motivar, para servir.

En la amistad y en la búsqueda de pareja también es necesario ser optimista. Algunas personas se encierran en sí mismos después de los fracasos y las desilusiones, como si ya no existiera alguien más en quien confiar. El optimismo supone reconocer que cada persona tiene algo bueno, con sus cualidades y aptitudes, pero también sus defectos, los cuales debemos aceptar y buscar la manera de ayudarles a superarlos.

El paso hacia una actitud optimista requiere de una disposición más entusiasta y positiva, es tanto como darle la vuelta a una moneda y ver todo con una apariencia distinta:

- Analiza las cosas a partir de los puntos buenos y positivos, seguramente con esto se solucionarán muchos de los inconvenientes. Curiosamente, no siempre funciona igual a la inversa.

- Haz el esfuerzo por dar sugerencias y soluciones, en vez de hacer críticas o pronunciar quejas.

- Procura descubrir las cualidades y capacidades de los demás, reconociendo el esfuerzo, el interés y la dedicación. Esto es lo más justo y honesto.

- Aprende a ser sencillo y pide ayuda, generalmente otras personas encuentran la solución más rápido.

- No hagas alarde de seguridad en ti mismo tomando decisiones a la ligera, considera todo antes de actuar pues las cosas no se solucionan por sí mismas. De lo contrario es imprudencia, no optimismo.

No es más optimista el que menos ha fracasado, sino quien ha sabido encontrar en la adversidad un estímulo para superarse, fortaleciendo su voluntad y empeño; en los errores y equivocaciones una experiencia positiva de aprendizaje. Todo requiere esfuerzo y el optimismo es la alegre manifestación del mismo, de esta forma, las dificultades y contrariedades dejan de ser una carga, convirtiéndonos en personas productivas y emprendedoras.


Tercera parte

Texto: http://www.terceracultura.net/tc/?p=4391

Optimismo “irracional”
Por Eduardo Zugasti día 16 marzo, 2012
 

Tali Sharot es una neuróloga británica, autora de "The optimistic bias. Why we’re wired to look on the bright side", donde analiza las bases biológicas del optimismo. Aunque últimamente se ha puesto de moda presentar la actitud optimista como una decisión racional, después de examinar las evidencias, en general el optimismo no es algo que decidimos, sino algo que somos, o no.

El optimismo e incluso una “ilusión de superioridad” está en todas partes. Según encuestas, el 90% de los conductores se consideran mejores que la media. El 76% de las personas se muestra optimista sobre el futuro de su propia familia, pero sólo un 30% es optimista con respecto a las demás familias. En general, las encuestas muestran un nivel inferior de optimismo cuando se evalúa el futuro de la sociedad en su conjunto, una tendencia que acentúan los momentos críticos, tal y como muestran los últimos indicadores del CIS sobre la valoración de la situación económica en nuestro país.

Una aportación interesante de Sharot es que sus trabajos han ampliado el espectro empírico del optimismo, al menos dentro de las sociedades occidentales: los europeos y los israelíes son tan optimistas como los norteamericanos. El sesgo optimista podría atravesar fronteras, culturas, razas, sexo, incluso especies (Matheson et al. 2008), lo que hablaría bien sobre su valor biológico adaptativo.

La actitud optimista podría abarcar hasta el 80% de los humanos. Interesante: de hecho, la mayor parte de este 20% restante sufre síntomas depresivos.

Pesimismo y depresión. Strunk et al. 2006

Las expectativas optimistas son tan fuertes que se mantienen a menudo frente a las evidencias. Parece que esto es debido a que el cerebro es mucho más eficaz recolectando información positiva, y aprendiendo de ella, que recolectando información negativa. Según Sharot estas diferencias tienen un correlato neuroanatómico. Experimentos mediante estimulación transcraneal electromagnética, aparentemente muestran que es posible variar actitudes pesimistas u optimistas mediante la estimulación de una zona concreta del cerebro: el giro frontal inferior.

Una consecuencia interesante para la ética de la felicidad según esta aproximación neurobiológica al optimismo, en apariencia en contradicción con concepciones tradicionales, es que las expectativas de felicidad bajas o modestas no están relacionadas con una mayor satisfacción personal. Desde el punto de vista de la felicidad personal, parece más rentable y eficaz elevar y no bajar las expectativas optimistas. La gente con expectativas inferiores terminan sintiéndose peor. En parte, esto es así porque al enfrentarse con malos resultados la gente optimista es capaz de generar explicaciones menos comprometidas con su propia competencia. En otras palabras, se engañan mejor que los pesimistas.

Este es el lado bueno del optimismo. Aunque, como cualquier otro producto natural, tiene costos. Las personas hiperoptimistas juegan un papel desproporcionadamente importante tanto en nuestras vidas personales como en nuestra vida social porque, tanto la sociedad, como los gobiernos y el mercado, valoran más el optimismo. Y el atractivo irresistible del optimismo nos hace vulnerables al riesgo. Daniel Kahneman y Amos Tversky, en particular, han subrayando las consecuencias potencialmente catastróficas de la “falacia de la planificación”, cuando quienes tienen el poder de las decisiones económicas y políticas importantes sobrevaloran los beneficios e infravaloran los costos de tomar decisiones arriesgadas.

Mientras que la actitud realista y el pensamiento estadístico son recomendables en las decisiones financieras y políticas, según se desprende del examen de Sharot, cuando pasamos a la vida personal, normalmente es preferible dejarse llevar por un poco de optimismo.




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