El mito de la educación

Creado: 27/4/2012 | Modificado: 30/1/2013 1323 visitas | Ver todas Añadir comentario



El mito de la educación.

Texto: http://pablorpalenzuela.wordpress.com/2008/09/05/resena-el-mito-de-la-educacion/

Reseña del libro: "El mito de la educación" de Judtih Rich Harris

A medida que avanza este blog, la polémica genes vs educación resulta irrelevante, o aun peor, cansina. Por supuesto, los genes cuentan. Elíjase un ambiente lo bastante homogéneo y los efectos de los genes aflorarán. Por supuesto, el ambiente cuenta. Elíjanse ambientes culturalmente muy distintos y las consecuencias se harán patentes. Ya estamos aburridos de esto. Lo que queremos saber es cuáles son los genes implicados y cómo actúan. Y sobre todo, queremos saber cuáles son los factores ambientales relevantes. Los estudios de heredabilidad son bastante inútiles para ambos fines.

En el caso de los genes, la caza ya está en marcha y aunque de momento no ha sido tan fructífera como se esperaba, tenemos que darle algún tiempo. En el caso de los factores ambientales, la situación es más complicada. Hemos visto que, en la mayoría de los caracteres estudiados, cerca de la mitad de la varianza se debía a factores ambientales únicos, pero no tenemos nada claro cuáles son estos factores.


En la opinión de los autores de estos estudios, tal cosa resulta un misterio. Para explicarlo, llegan a insinuar que los padres no se esfuerzan lo suficiente en la educación de los hijos, lo cual se encuentra a una distancia de tres micras de decir que la educación no tiene ninguna influencia. Transcribo textualmente:

Nuestros resultados, así como los de otros grupos, no implican que la educación carezca de efectos a largo plazo. La increíble similitud de los gemelos criados aparte en sus actitudes sociales (p.e. conservadurismo y religiosidad) no muestran que los padres no puedan influir sobre estos rasgos, muestran simplemente que esta influencia no suele producirse en la mayoría de los casos.

Estos investigadores tienen que hilar muy fino. No es que no se pueda influir sobre los hijos, es que los padres no se lo toman en serio. Parece como si estuvieran haciendo un esfuerzo denodado por salvar los muebles, esto es, nuestra querida y arraigada noción de que los padres son importantes en determinar la personalidad de los hijos. Un punto de vista mucho más radical, y en cierto modo, incendiario es el de la psicóloga Judith Rich Harris, presentado en su libro “El Mito de la Educación”.

Harris afirma a grandes rasgos tres cosas: 1) que los miles de estudios de ‘socialización’, cuyo fin es identificar la efectividad de diferentes ‘estilos de crianza’, son básicamente inválidos; 2) que los padres tienen una influencia escasa o nula sobre la personalidad de los hijos, tal como se deduce de los estudios de gemelos y de adopción; y 3) que la socialización de los niños y jóvenes se produce a través del contacto con sus amigos. Serían pues, los colegas los verdaderos padres y maestros.

En la primera parte de su libro, Harris, ataca sin piedad los métodos empleados en los estudios de socialización, los cuales se realizarían más o menos así: se elige un niño dentro de una familia y se analiza tanto el ‘estilo de crianza’ como la personalidad/inteligencia del niño; se realizan suficientes observaciones de manera que se pueda encontrar alguna correlación entre ambas cosas. Típicamente, estos estudios encuentran que las personas inteligentes y sensatas, capaces de controlar su vida, y que educan ‘bien’ a sus hijos, tienen, en general, hijos, inteligentes y sensatos y capaces de controlar su vida (y a la inversa). De aquí concluyen que ‘las buenas prácticas educativas tienen efectos positivos sobre la personalidad’ ¿Es eso cierto? Debería serlo, miles de psicólogos y educadores no pueden estar equivocados. Lo están, afirma Harris, estos científicos están llevando sus conclusiones mucho más lejos de los que permitirían los datos. En primer lugar, estos estudios no permiten distinguir los efectos genéticos de los educativos. Pudiera ocurrir que las personas inteligentes y equilibradas tengan hijos con estas características, debido a que les transmiten sus genes. De hecho, cuando se diseña el estudio para distinguir este tipo de efectos, como ocurre con los gemelos criados aparte, lo que se ve es que la educación tiene poca influencia.

Harris emplea otros argumentos adicionales. El primero es que el ‘estilo de crianza’ es característico de cada cultura. Por ejemplo, en USA los ‘asiáticos’ suelen emplear un estilo de crianza más autoritario que los ‘blancos’, a pesar de los cual no se ha detectado un efecto negativo en la personalidad (y de hecho su media del CI es más alta). Por otro lado, el estilo educativo ha cambiado en los últimos años en muchos países, haciéndose menos autoritario y más ‘correcto’ ¿dónde están los beneficios de estos cambios? Harris apunta la idea de que cada sociedad tiene su Mito de la Educación, es decir, un estilo de crianza socialmente aceptado, aunque no necesariamente el mejor ni el único posible.

Otro argumento se basa en la falta de efectos detectables en las familias no convencionales. Si el papel de los padres es fundamental, qué ocurrirá si no hay padre o si ambos ‘esposos’ son del mismo sexo u otras combinaciones por el estilo. La respuesta es: nada. Los hijos de madres solteras, de parejas homosexuales o de padres divorciados no son significativamente distintos del resto de los niños, de acuerdo con muchos trabajos. Sin olvidar que el proceso de ‘educación’ es una carretera de doble vía. Solemos asumir que la influencia va de padres a hijos, pero también fluye en sentido contrario. Un niño de carácter muy difícil va a generar respuestas negativas de sus padres, lo que se traduce un ambiente emocional y educativo peor. Como dice el viejo chiste: “Pobre Jaimito, viene de una familia destrozada”. “No me extraña; Jaimito puede destrozar a cualquier familia.

Más razones esgrimidas por Harris. El sistema educativo tradicional de las clases altas europeas y americanas consistía en minimizar el contacto de padres e hijos, ‘encasquetando’ la educación de la prole a niñeras, institutrices o colegios internos. Y sin embargo, los hijos de las clases acomodadas se convertían en adultos muy parecidos a sus padres y enseguida adquirían su acento y, casi siempre, sus gustos sofisticados.

En definitiva, lo que Judith Harris dice es: “¡Oigan, el Emperador está desnudo, y si tienen alguna duda, no le pregunten a los sastres!” Hay que decir que esta investigadora estaba completamente fuera del ‘sistema’ cuando publicó sus trabajos; de hecho, no pertenecía a ninguna universidad y su trabajo remunerado consistía en escribir libros de texto de Psicología. Por tanto, podemos pensar que se encontraba aislada del adoctrinamiento y fuera de los círculos de intereses que existen en todas las disciplinas. Ella no tenía nada que perder por ‘tocar el silbato’.

En la segunda parte del libro la cosa cambia completamente, y hay que decir que resulta muy poco convincente. Harris no presenta pruebas concluyentes con las que sostener su teoría. Ya sabemos que los ‘amigos’ son importantes para niños y adolescentes. Tenemos mucha evidencia anecdótica respecto a la importancia de los grupos, pero lo que se exigía aquí era ir más allá de la anécdota.

El problema de fondo es que no está nada claro de qué está hablando Harris. Bien puede ser cierto que el grupo de amigos constituya una influencia cultural importante y explique por qué los jóvenes se vistan de determinada manera o se hagan ‘piercing’; pero eso no es lo que estábamos tratando de averiguar. La pregunta se refería a características de la personalidad medibles mediante tests. Harris no presenta, por ejemplo, datos de correlación en el CI de los grupos de colegas o si pertenecer a determinada ‘tribu urbana’ sea la causa de que tu personalidad evolucione en determinado sentido. Se limita a dar argumentos que simplemente ‘suenan bien’, pero no ‘suenan mejor’ que la vieja idea de que la influencia de los padres es decisiva.

Lo cierto es que la mayoría de las personas piensa intuitivamente que el argumento de Harris debe ser equivocado; los padres tienen que importar. E importan, pero ¿para qué importan? Quizá el problema esté en que cuando nos referimos a la influencia de los padres estemos hablando de muchas cosas diferentes. Claramente, los padres proveen cuidados, apoyo emocional, educación formal y otras experiencias educativas y recreativas; imponen un determinado nivel de disciplina, pueden transmitir valores culturales y conocimientos prácticos y poseen cierta influencia sobre el ambiente social en el que se mueven sus hijos; por si fuera poco, les dejan su dinero y propiedades en herencia.

Todas estas cosas afectan a la vida de los hijos, lo que no está tan claro es que afecten a su personalidad o a su inteligencia. Lo que podría esperarse de este proceso educativo es que los niños crezcan relativamente sanos (si nada se tuerce), que se integren en la vida social del barrio/colegio, que adquieran información y habilidades y, tal vez, ciertos valores culturales. Por ejemplo, la mayoría de los judíos ortodoxos son hijos de judíos ortodoxos; el ‘credo’ que uno adopta es un valor cultural (aunque el nivel de religiosidad tiene influencia de los genes). Sin embargo, esto no es generalizable a cualquier carácter.

En general, no pensamos que la elevada estatura de algunas personas se deba a que de pequeño le obligaban a comer, digamos, hígado de cerdo (y hacemos bien en no creerlo); a pesar de que la alimentación puede influir en la estatura, una vez que el niño en crecimiento tiene una alimentación adecuada, el que sea alto o bajo depende más que nada de sus genes. Análogamente, no hay ninguna razón para pensar que características psicológicas como la tendencia a la ‘búsqueda de novedad’ o a la ‘evitación del daño’ sea consecuencia de un programa educativo concreto.

En resumen, los estudios de gemelos y las observaciones de Judith Harris han puesto el dedo en la llaga acerca de lo que sabemos realmente: ¿en qué rasgos de la conducta tienen los padres influencia? ¿Cómo afecta una infancia ‘dura’ al desarrollo de la personalidad? ¿Cómo debería manejarse la desigualdad natural? No parece que tengamos una respuesta contundente a estas preguntas. Por desgracia, nadie tiene una receta infalible para conseguir hijos listos y equilibrados. Y sin embargo, culpar a los padres por nuestros defectos y limitaciones constituye una conveniente forma de auto-justificarse.



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